Antes el tiempo cambiaba las cosas, ahora las cosas cambian el tiempo. Como si se tratara de un corte de mangas a la doctrina de la relatividad, el tiempo y el espacio ya no parecen estar en función de la velocidad del observador. Se diría que el espacio ha tomado el mando y, con su irritación, espolea el tiempo y al concurrente. La estabilidad de los escenarios que conocimos ordenaba de forma muy sistemática y contenida el flujo entre el pasado, el presente y el futuro. Saber qué había en cada calle (un horno, una mercería, un obrador, un ultramarino o una sombrerería…) era una certeza espacial que prorrogaba el presente, confrontaba el pasado y difería el futuro. Estos establecimientos eran, con minúsculas y lentísimas modificaciones, signos de orientación transgeneracional y los hitos que sustentaban el tiempo y el espacio. Eran evidencias que solo se alteraban tras muchos calendarios. Y sobre todo, eran cambios que se producían casi al mismo tiempo que iba cambiando uno mismo, como si hubiera una sincronía natural entre el espacio y el tiempo, entre los escenarios y los personajes que los recorren.Solo las largas ausencias parecían romper esta regla, como consignó Max Aub en La gallina ciega al contemplar en agosto de 1969 las Ramblas de Barcelona por primera vez tras su exilio. Entonces constató que, siendo las mismas, habían cambiado más que él. Tres décadas de ausencia lo justificaban. Pero poco más de medio siglo después se ha roto la sincronía de correspondencias entre el escenario y los personajes sin que apenas haya mediado la distancia o el alejamiento. La dinámica del paisaje urbano se ha acelerado de forma vertiginosa. El espacio se ha vuelto gelatinoso e impreciso por el impulso que le imprime su propia desesperación. Donde ayer había una pasamanería hoy prospera un salón de uñas que en una semana puede dejar paso a un centro de reflexología podal y quizá en un mes se convertirá en una franquicia de comida rápida o un bajo turístico. No resulta fácil asimilar esta metamorfosis apremiante que, además de desorientar, arruina la identidad comercial que confería sustancia individual a las ciudades. Que, además, ha convertido sus centros en un extenuante paisaje de usar y tirar. En un circuito de competición especulativa. En un decorado para amenizar los giros del carrusel de la masa en tránsito (el turismo) en detrimento de la especie en extinción que antes llamábamos vecinos.¿Qué habría escrito Max Aub en este tiempo apresurado en el que nada perdura lo suficiente para ser recordado en el espacio? El autor de La gallina ciega, quizá como un efecto secundario de su perplejidad, resolvió el desajuste entre los espacios y su tiempo con una superposición de lo que había sido y lo que es.Es decir, la Valencia republicana en la que había vivido y la que se encontró a finales de los sesenta. Es cierto que él tampoco era el mismo, pero los referentes que había vivido estaban clavados en su memoria y protegían los espacios de su tiempo. Para él, que había venido, pero no había vuelto, todo era nuevo. Sin embargo, no podía ver la ciudad como era porque se le representaba como había sido. Los lugares que llenaron las librerías de viejo o el café Ideal Room, con sus veladores de mármol lechoso, se habían atrincherado como vacíos espaciales frente al tiempo. Y eso todavía era una certeza que permitía al escritor percibir la ciudad reemplazada como en un palimpsesto, como un manuscrito que hubiese sido borrado y sobrescrito. Salvar la fractura entre lo que era y lo que se encontró mediante la superposición mental. Pero ahora, si nada permanece lo suficiente para ser recordado, ¿se fijará en algo la memoria para poder reconstruir, deconstruir o superponer? Antes de que nos arrolle esta velocidad desquiciada, ¿sobre qué anclaremos nuestros espacios vacíos para buscar, aunque sea, el consuelo de un palimpsesto?
Bajo el síndrome de Max Aub
El paisaje urbano se ha acelerado de forma vertiginosa: donde ayer había una pasamanería hoy prospera un salón de uñas que en una semana puede ser un centro de reflexología podal










