En estas épocas de agudización de los conflictos y el surgimiento de líderes de cartón que parecen querer prenderle fuego al mundo, la realidad se vuelve urgente, como si no hubiera tiempo. Todo es ya o peligrosamente, la sensación de que se acaba todavía no alcanza para vislumbrar lo que viene, etc. Vivir tranquilos es una ilusión del pasado. Sin embargo, el tiempo sigue siendo una dimensión desconocida. Su existencia no se resuelve a través de la fe, no depende de nuestra creencia. El tiempo existe. Pero ¿dónde? Borges se empeñó en jugar a abolirlo. El ensayo “Nueva refutación del tiempo” ya pretende, desde el título, lidiar con su paso. Se topó con lo mismo que requieren estas páginas para ser leídas: la sucesión. “Todo lenguaje es de índole sucesiva; no es hábil para razonar lo eterno, lo intemporal”. Leer una frase implica un trayecto. Por eso me llama mucho la atención cómo en la mayoría de los medios digitales, casi todos los artículos vienen con un tiempo estipulado de lectura. ¿Qué significan esos tres o cuatro o cinco minutos? ¿Es una prevención? ¿Una advertencia? Me pregunto si explicitar la medición no altera el sentido.
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