Recuerdo a muchos de mis profesores. Los mediocres convertían las horas en algo interminable. Los maravillosos hacían que el tiempo desapareciera porque enseñaban con pasión. Un profesor no solo transmite conocimientos, sino que despierta curiosidad, confianza y deseo de crecer. Mi profesora de literatura en la adolescencia fue una de esas personas. Admiraba su manera de explicar los libros, de hablar de los personajes como si fueran personas reales, de recitar poemas. Me enseñó que la literatura es una forma de mirar el mundo, a leer de otra manera, a detenerme en las palabras, a descubrir que en un libro podía existir refugio, compañía y consuelo. Con el tiempo cambió nuestra relación. Dejamos atrás la distancia entre alumna y profesora y nació una amistad sincera. Seguimos hablando de libros, recomendándonos lecturas y compartiendo textos. También tuve profesores mediocres, incapaces de inspirar nada, obsesionados con las notas, la disciplina o la autoridad. Marta Fernández Jara/Europa PressHoy sigo creyendo que existen profesores comprometidos, inteligentes, sensibles, preparados y profundamente humanos. Algo importante ha cambiado alrededor de ellos: la relación de los alumnos y de las familias con la escuela.Algo importante ha cambiado: la relación de los alumnos y de las familias con la escuelaMuchos padres han dejado de ver a sus hijos como personas que deben aprender a enfrentarse al mundo para convertirse en gigantes protectores. El hijo ocupa el papel de héroe absoluto. Si recibe una mala nota, el problema es del profesor. Si no se esfuerza, alguien tendrá la culpa. Si se siente incómodo, hay que eliminar aquello que le incomoda.Educar no puede consistir en allanar el camino. Crecer implica tolerar límites, aceptar errores, escuchar críticas y aprender que no siempre tendremos razón. En ese aprendizaje los profesores deberían ser aliados, no enemigos bajo sospecha.Muchos docentes viven hoy desautorizados, cuestionados y vigilados. Se sienten poco libres para exigir, para corregir, para mantener normas o incluso para transmitir determinadas ideas sin miedo a convertirse en objeto de una queja inmediata. Un buen maestro puede cambiar vidas. Por eso duele el desprestigio de la figura del profesor. Una sociedad que no respeta a quienes enseñan termina empobreciéndose a sí misma.