El respeto al profesor o la atención a la diversidad de los alumnos es distinto a décadas atrás. Pero en un ejercicio de comparativa aplicado a las aulas, quizá lo ideal sería combinar la efectividad de métodos clásicos con clases más llenas de empatía, integración y motivación
Por mi cumpleaños nos reunimos amigos cuarentones con amigos más jóvenes y nos pusimos a rememorar nuestra infancia en EGB. Los más jóvenes (y, sobre todo, nuestros hijos) flipaban con las anécdotas, aunque por supuesto todo lo que es digno de contarse en una anécdota es porque se sale de la norma y destaca para bien o para mal. Esto me llevó a pensar en la gran diferencia de educación que ...
recibimos nosotros y la que viven ahora nuestros hijos. Y como mi columna de infancia ochentera, titulada ¿La infancia de ahora es mejor que la de antes?, tuvo un cierto éxito, os traigo hoy este ejercicio de nostalgia comparativa aplicado a las aulas.
Si la LOMLOE es mejor o peor no sé si lo debe decir el informe Pisa o el psicólogo de turno cuando la gente va a quejarse de sus traumas escolares. En todo caso, pon el bocata en la mochila, que volvemos al cole.
Lo primero que recuerdo de nuestras clases era el respeto y la obediencia ciega: el profesor era la autoridad máxima. Por mucho que dijéramos “profe” al reclamar su atención o le criticáramos a sus espaldas, como se ha hecho toda la vida con el poder, existía el consenso general de obedecer y callar. Por supuesto que había malos profesores, despóticos y sin ningún tipo de talento para la enseñanza o para la gestión emocional con los niños, y algunos humillaban y pegaban sin consecuencias, pero tenían que hacerla muy gorda para que algún alumno se quejara a sus padres y los padres se quejaran al colegio.






