Un grupo de docentes decidió reinventar una escuela que parecía destinada a desaparecer; dos décadas después, el centro es un ejemplo de participación, sostenibilidad y aprendizaje compartido

¿Cuál es el valor moral de la educación como práctica social? ¿Consiste en formar personas que se adapten pasivamente a lo establecido o en impulsar la libre expresión de la identidad? ¿Debe la educación desarrollar la conciencia crítica? ¿Favorece, como constructo social, la jerarquización y el ejercicio del poder de unos sobre otros o afianza la cooperación?

Profundizar en esta dimensión ética y en cómo se expresa en la práctica docente exige responder a estas preguntas. La docencia suele entenderse como una tarea ocupada en transmitir conocimientos de distintos campos del saber humano. Sin embargo, queremos ir más allá y explorar su sentido moral, tal y como se concreta en experiencias reales, en este caso, la del Colegio Público Nuestra Señora de Gracia, en Málaga.

A partir del curso 2003/04, un grupo de docentes decidió hacer frente a la situación de un colegio que, en su entorno, era considerado un centro “gueto” y cuya desaparición empezaba a ser valorada por la administración. Hoy es una escuela reconocida por su coherencia formativa y su compromiso con la mejora educativa, valorada por las familias hasta el punto de contar con lista de espera.