La clase de música se daba a veces en el aula de siempre, la misma de las otras materias; pero a veces en un aula especial: una con gradas, tocadiscos, dos parlantes. Eran las clases dedicadas a la audición. La música que nos daban a escuchar ahí, comparada con la que escuchábamos habitualmente, la que más conocíamos y más nos gustaba, nos resultaba mayormente aburrida. Alguna vez hubo uno que se animó y se lo dijo al profesor, y hubo otros que, ante la iniciativa, se sumaron al reclamo: nos aburrimos, nos aburrimos. El profesor recogió todas esas quejas y las metió en su saco roto. Era habitual en aquella época que los docentes llevaran a clase un buen saco roto, para que las protestas de esa índole cayeran automáticamente en él. Las instituciones por entonces lo avalaban. No hubo entonces refutación y mucho menos algún intento de revertir lo que pasaba. El embole siguió ocupando su lugar como si tal cosa. Y más que un lugar, un tiempo, porque el peso del embole se mide en lo cronológico mucho más que en lo espacial. Las sesiones de audición siguieron pasando y pasando y esa música, aunque gloriosa, aunque sabidamente valiosa, no dejaba de aburrirnos. Hasta que, en un momento, pasó. Ese cierto aburrimiento, sin por eso retirarse del todo, le dejó lugar a otra cosa: a otro tipo de fruición, de gusto, hasta de placer, que no era del orden del entretenimiento, que no pasaba por ahí, que no tenía que ver con eso (por eso el aburrimiento, más que abolirse o disolverse, dejó más bien de importar, ya no era una cuestión pertinente). De manera que, en esas clases, no aprendimos solamente tal corriente, tal formato, tal estilo, tal o cual compositor, sino que había otra manera de relacionarse con la música: otra manera de vivirla o disfrutarla, que hasta podía influir incluso en la relación que entablábamos con la música que en general escuchábamos, la que cantábamos y bailábamos en fiestas y en recitales. También esa aprendimos a escucharla de otro modo. No recuerdo si en algún momento se lo dijimos al profesor, no sé si se lo agradecimos. Tal vez se esté enterando ahora.
El profesor Roel
La clase de música se daba a veces en el aula de siempre, la misma de las otras materias; pero a veces en un aula especial: una con gradas, tocadiscos, dos parlantes. Eran las clases dedicadas a la audición. La música que nos daban a escuchar ahí, comparada con la que escuchábamos habitualmente, la que más conocíamos y más nos gustaba, nos resultaba mayormente aburrida. Alguna vez hubo uno que se animó y se lo dijo al profesor, y hubo otros que, ante la iniciativa, se sumaron al reclamo: nos aburrimos, nos aburrimos. El profesor recogió todas esas quejas y las metió en su saco roto. Era habitual en aquella época que los docentes llevaran a clase un buen saco roto, para que las protestas de esa índole cayeran automáticamente en él. Las instituciones por entonces lo avalaban. No hubo entonces refutación y mucho menos algún intento de revertir lo que pasaba. El embole siguió ocupando su lugar como si tal cosa. Y más que un lugar, un tiempo, porque el peso del embole se mide en lo cronológico mucho más que en lo espacial. Las sesiones de audición siguieron pasando y pasando y esa música, aunque gloriosa, aunque sabidamente valiosa, no dejaba de aburrirnos. Hasta que, en un momento, pasó. Ese cierto aburrimiento, sin por eso retirarse del todo, le dejó lugar a otra cosa: a otro tipo de fruición, de gusto, hasta de placer, que no era del orden del entretenimiento, que no pasaba por ahí, que no tenía que ver con eso (por eso el aburrimiento, más que abolirse o disolverse, dejó más bien de importar, ya no era una cuestión pertinente). De manera que, en esas clases, no aprendimos solamente tal corriente, tal formato, tal estilo, tal o cual compositor, sino que había otra manera de relacionarse con la música: otra manera de vivirla o disfrutarla, que hasta podía influir incluso en la relación que entablábamos con la música que en general escuchábamos, la que cantábamos y bailábamos en fiestas y en recitales. También esa aprendimos a escucharla de otro modo. No recuerdo si en algún momento se lo dijimos al profesor, no sé si se lo agradecimos. Tal vez se esté enterando ahora.











