Una nena escucha por la radio una canción que le gusta mucho. Le pide a su hermana mayor que la grabe cuando vuelva a sonar, pero nunca coinciden, su plan fracasa. Durante mucho tiempo, no sabrá de qué canción se trata. Son los años noventa. Los últimos en que eso podía pasar.Esa forma de escucha, sostenida en la espera y en el azar, no desapareció del todo. Durante años quedó relegada a circuitos casi secretos para un público específico. En la ciudad de Buenos Aires, experiencias como el Centro de Arte Sonoro de la Casa Nacional del Bicentenario, el ciclo Escuchar [Sonidos visuales] en el Museo Moderno o los Parlantes Holofónicos de Hugo Zuccarelli (hoy en el Espacio Cendas) sostuvieron esa práctica en una escala menor.Pero últimamente, las escuchas se desplazan. Salen de los circuitos de nicho y aparecen en distintos formatos: de espacios institucionales a salas más relajadas. Lo que antes era un hábito acotado convoca ahora a públicos más amplios.Desde mayo, el Centro de Experimentación del Teatro Colón, junto con Artlab, organiza escuchas performáticas: melómanos que ofician de anfitriones, sistemas de alta fidelidad, discos que se reproducen completos. Al terminar, la conversación aparece como una extensión de esa escucha.Algo similar, pero en otra escala, sucede en la Microgalería, una casona de arte en Villa Crespo. El cineasta Germán Fernández (Director del espacio Kino CNB) organiza una vez al mes 4Lados, un ciclo sin difusión en redes. La circulación es boca a boca bajo alguna temática que idea el curador.La consola está en el centro y proyecta su propia corona de luz. La sala está en penumbra y la portada del vinilo, expuesta como un objeto. No hay celulares ni apuros, solo la duración de un disco con otros, y el encuentro con nuestras propias fantasías.Es cierto que estos ciclos podrían leerse dentro de la lógica retro que describe Simon Reynolds: una cultura que ya no produce futuro sino que recicla su propio pasado. Pero quizás la diferencia no esté en el objeto (el vinilo, el álbum, el pasado) sino en el modo de uso. Porque lo que se subraya es una forma de atención.Frente al paisaje saturado (eso que Byung-Chul Han describe como “pornografía de masas”), hay algo, incluso, del orden de lo religioso en el grupo reunido en silencio. Más que una resistencia nostálgica, parece una forma contemporánea de contemplación.Rastrear el ADN de NirvanaEn una de las últimas sesiones de 4Lados, la consigna fue “rastrear el ADN de Nirvana”. No escuchar a Nirvana, sino seguir sus huellas. Primero sonó Colossal Youth, de Young Marble Giants. Cuando terminó, alguien habló. Una chica, sentada en una reposera, intentó poner en palabras a lo que había oído: algo entre el minimalismo, el post-punk, lo lo-fi. Algunos asintieron. Otros no lo habían escuchado nunca, ni podrían identificar esos rasgos, pero parece que no es lo importante.Después vino Pod, de The Breeders, “el proyecto de Kim Deal durante una pausa en Pixies”, explicó Germán Fernandez. Alguien quiso nombrar un tema y dudó. Otro completó una palabra. La canción apareció de manera fragmentaria, reconstruida entre varios. Cuando el curador mostró la tapa del vinilo, ya no hacía falta. La canción había circulado antes, incompleta pero reconocible por algunos.Más allá de la curaduría de 4Lados, lo que se arma ahí es una escena: un grupo, escuchando cómo algo les pasa. Ese desplazamiento, del consumo individual al encuentro, también se percibe en otros circuitos.Tal vez por eso estas prácticas adquieren hoy una resonancia particular, donde la música se desliza sin fricción entre las plaformas, pegada al cuerpo, integrada al movimiento, disponible en cualquier momento, detenerse a escuchar un disco completo es una rareza. ¿Por falta de acceso? ¿Por la dificultad de darse ese tiempo? En ese contexto, reunirse alrededor de un álbum no solo recupera un formato, también ensaya otra relación con la atención.La continuación de otros públicosEn ese mismo desplazamiento se inscribe el trabajo de Gabriela De Melo, desde la editorial Dobra Robota, dedicada a lo sonoro. En el último tiempo, dice, el público de sus libros también se amplió: ya no proviene solo del ámbito musical o artístico.“Muchas personas sienten la saturación que dejó la lógica de las redes y la hiperconexión”, señala. “Y estos encuentros invitan a compartir un tiempo en común, aunque sea en silencio”.Después, a veces, aparece la conversación. “Lo que tienen de particular los eventos de escucha es que muchas veces habilitan una charla o reflexiones posteriores, y ahí es cuando te das cuenta de que las personas también necesitan compartir sus experiencias sensibles y abrirse, algo que quizás no logran en otros ámbitos”.AgendaTeatro Colón (CETC, Viamonte 1168) - Escuchas performáticas. Microgalería (Loyola 514) - 4Lados. CENDAS (Bulnes 1350) - Parlantes Holofónicos. Los libros de Dobra Robota: Deep Listening, Pauline Oliveros. Libro fundamental para pensar la escucha como práctica expandida. Fue trabajado en talleres por Alan Courtis y alcanzó su sexta reimpresión el mes pasado. Generación dakou, Yan Jun. Sobre la escucha como forma de supervivencia en la China de los noventa. Casetes y CDs descartados de la industria occidental que entran como basura industrial. Cómo desaparecer, Haytham el-Wardany. Ensayo del escritor egipcio sobre la escucha como práctica situada. Más info: dobrarobota.comMaricel Cioce es Socióloga de la cultura, docente, escritora.
La tendencia de las escuchas performáticas en el Teatro Colón y lugares inesperados
En Buenos Aires, las escuchas musicales resurgen en espacios íntimos, ofreciendo una experiencia única que combina tradición y nuevas formas de atención colectiva.Además del Colón hay lugares aptos para este tipo de atención como Artlab, Microgalería











