Medio centenar de personas en un local en Wedding, el barrio multicultural, obrero, gentrificado y algo destartalado en el norte de Berlín. No han venido a bailar, aunque esta ciudad sea la vieja capital del tecno, ni a charlar con los amigos, aunque esta fue en un tiempo, también, la capital de las conversaciones y los cafés. Están en silencio, sentados y absorbidos por el sonido de los altavoces que dominan la sala. Sin prisas ni estrés. Se trata de “salir del algoritmo”, como dice unos minutos antes de la sesión Matteo, el italiano. En breve, Matteo presentará al público Crêuza de mä, el vinilo del cantautor italiano Fabrizio De André que esta noche escucharemos entero. Cara A y B, 35 minutos. De principio a fin, casi religiosamente. “Una experiencia meditativa”, resumirá después uno de los asistentes, un sudafricano que está de visita en Alemania y se identifica como Sky, y añadirá: “Pero compartida”.
Esto es migas: así, en minúscula y en castellano. Y esto es lo que en inglés se llama un listening bar o un bar de escucha, fenómeno en auge en Berlín y otras ciudades globales (los hay en Los Ángeles, en Nueva York, en Barcelona también). El origen es japonés y data de los años cincuenta. Los aficionados se reunían con el único objetivo de escuchar música con equipos de sonido de alta calidad. Luis Feduchi, el arquitecto español afincado en Berlín que ha diseñado el interior de migas, hace un símil con el teatro y el cine. “Si un concierto en vivo tiene cualidades escenográficas, o teatrales, una sesión de escucha se parece más a la experiencia visual del cine”, dice. Esta es la época en la que tenemos a mano toda la música del mundo. En la que la música es a menudo una experiencia individual con los auriculares que nos aíslan mientras nerviosamente pasamos de una canción a otra. La idea del listening bar va a contracorriente de todo esto.






