Las lectoras y los lectores hablan sobre deseos para el futuro, la eutanasia, lecciones de Augusto Monterroso y el concepto de “ayudar” en la casa
En la ceremonia de graduación del Bachillerato de mi hermana pequeña presencié algo que anestesió un poco lo que muchos sentimos en estos distópicos tiempos. No hablo de una azucarada y cursi esperanza, sino del presente en carne, piel, humores y hueso. No les deseo suerte. Les deseo que construyan un país consciente de que hay personas que no pueden aunque quieran, y personas que no quieren porque nadie les enseñó jamás que podían. Que sepan que la verdadera riqueza se consigue al disminuir el abismo que separa a unos jóvenes de otros en el acceso a las oportunidades. Los diamantes rara vez aparecen a simple vista; hay que picar la roca para que reluzcan.
Aída Fidalgo Alonso. Oviedo
Estoy asombrada, indignada, perpleja y asustada ante la sentencia del Tribunal Supremo por la que se permite recurrir jurídicamente la concesión de la eutanasia a personas con una “vinculación particularmente estrecha” con el solicitante de la prestación. El derecho a morir es personal e intransferible, como el derecho a votar, a casarse, a divorciarse, a viajar, a abortar. ¿Se imaginan un mundo donde los allegados pudieran judicializar cualquier decisión personal que no les pareciera adecuada? Se llama dictadura. Y, si eres mujer, se llama patriarcado. Donde los elegidos siempre deciden sobre la manera de vivir y hasta de morir de los demás.









