Querido Alvarete,La vida parece moverse siempre entre dos lugares: los que sueñan con lo que vendrá… y los que recuerdan lo que ya fue. El otro día acompañé a tu hermana Rocío a una jornada de puertas abiertas. Está decidiendo qué quiere estudiar el año que viene —Ingeniería Industrial es una de las opciones, claramente ha salido a mamá—. Nos enseñaban reacciones químicas, coches eléctricos autónomos, equipos de lanzamiento de cohetes… Ella seguía cada detalle con esa mezcla de curiosidad e ilusión.Mientras la observaba hacer preguntas y tomar notas, sentí el orgullo que siente cualquier padre cuando ve a un hijo empezar a construir su propio camino. En mi época no fui a una sola jornada de puertas abiertas y mis amigos tampoco. Pero ahora todo es distinto. Ya no basta con lo académico. Lo que buscan es una experiencia completa: intercambios, deportes, clubes, proyectos… De hecho, dedicaron casi más tiempo a eso que a la propia carrera. Y, entre tanta gente joven pensando en lo que quiere ser de mayor, inevitablemente pensé en ti. En qué te habría gustado estudiar. En si llevarías ese pelo aparentemente despeinado —pero que seguro tiene su ciencia— que llevan ahora todos los chavales de tu edad o si serías más tradicional.Mientras recorría las aulas y veía a esos padres orgullosos, sentía algo difícil de explicar. Por un lado, lo mismo que ellos: orgullo, ilusión, emoción por ver crecer a tu hermana, pero, por otro lado, sentía rabia, pena y frustración. Porque tú nunca estarás en esa situación. Y fue entonces cuando me asaltó la siguiente pregunta: cuando quitamos los títulos, las carreras, los éxitos y los planes de futuro… ¿qué es lo que realmente nos hace felices? Ellos sueñan con hacer robots autónomos; nosotros luchamos por que seas capaz de encajar piezas.Tuve que disimular. Sonreír. Estar presente para tu hermana, acompañarla como se merece. Y espero haberlo conseguido. Pero, cuando llegué a casa, como tú estabas en una actividad con la fundación, me encerré en mi cuarto y me puse a trabajar como un loco. A veces, el trabajo me permite olvidar por un momento lo que me hace daño. Cuando llegó la noche y, por fin, me encontré tumbado en la cama, no me quedó más remedio que liberar mi mente y enfrentarme a mis pensamientos, y puedo asegurarte que no es plato de buen gusto. Vueltas y más vueltas en la cama, con la cabeza echando fuego y sin manera de apagarlo.Unos días después fui a una residencia de mayores. Creía que iba a conocer las instalaciones para coger ideas para la Casa AVA (centro en ocio y respiro familiar que está construyendo la Fundación Ava), pero, al llegar, descubrí que también esperaban que diera una charla. No llevaba nada preparado. Así que hice lo único que podía hacer: hablar de ti. De cómo has cambiado mi vida y mi manera de ver las cosas; de todo lo que me has enseñado sin pronunciar apenas una palabra; de esas pequeñas cosas que, a veces, pasan desapercibidas para los demás, pero que son las que hacen que me vaya con una sonrisa a la cama.Y entonces les conté una historia que me había contado Marisol, profesora de la Fundación Gil Gayarre. Tú estabas en clase con ese compañero al que tienes tanto cariño y que, por su enfermedad, tiene una movilidad muy reducida. Se te ocurrió ponerle una pelota entre su mano y su oído. Él movió ligeramente la mano y la pelota cayó. Tú la recogiste y la volviste a colocar. Y él volvió a mover la mano y la pelota volvió a caer. Y así, una y otra vez, durante un buen rato. Y los dos sonreíais.Para cualquiera de nosotros sería difícil aguantar ese juego durante tanto rato. Pero tú no sentías que estuvieras perdiendo el tiempo. Estabas encontrando algo mucho más importante: alguien que te respondía, alguien que jugaba contigo, alguien que estaba ahí. Y él, probablemente, sentía lo mismo. Si te quedas en la superficie, si solo miras lo que ven los ojos —una persona en una silla de ruedas, que no habla, que apenas se mueve—, puedes pensar que no puede disfrutar. Pero, si te acercas, si te quedas, si compartes tiempo, descubres vida. Mucha más de la que imaginabas.Ese día vi muchas caras cansadas, algunas incluso tristes. Pero, cuando les pregunté si tenían nietos, casi todos levantaron la mano y les cambió la cara. Sonreían, les brillaban los ojos. Aunque solo fuera por un instante, fue suficiente. Y entendí que eso es lo que nos sucede a todos, de una u otra manera. Que, al final, hacer cohetes, estudiar una carrera o cumplir nuestros sueños importa. Claro que importa. Pero hay algo que está por debajo de todo eso, sosteniéndolo todo: sentirnos queridos. Cuando alguien te abraza, cuando te habla con cariño —aunque no entiendas las palabras, sí entiendes el tono—, cuando te acarician la cara…, sonríes, saltas, aleteas. Y, en ese momento, estoy seguro, se te olvidan todas tus mochilas. Solo estás. Solo sientes.Y creo que eso mismo nos ocurre a todos. Todos tenemos la capacidad de aliviar un poco la carga de otros. Sí se puede. Siempre se puede. A veces, basta con quitarse las prisas de encima, acercarse, tocar, mirar, decir una palabra amable… y, aunque sea por un instante, sacar a alguien de su soledad. Lo que seguro que no ayuda es no hacer nada. Cuando ya me iba, empezaron a abrirse y a contarme sus historias. Una mujer me decía con orgullo que tuvo un hijo muy enfermo y que ahora era director de cine. Otra contó cómo ahorró para poder comprar las mejores zapatillas de deporte a su hijo, que, hasta ese momento, no había podido andar bien. O la profesora que recordaba con cariño a su alumno favorito, que tenía autismo.Y, mientras las escuchaba, me di cuenta de que, aunque las historias eran muy distintas, todas hablaban de lo mismo: de amor. Ninguna me habló de fama, de prestigio, de dinero… Me hablaron de sus hijos, de sus nietos, de sus maridos… Y quizá ahí estuviera la respuesta a aquella pregunta que me quitaba el sueño. Los títulos, las carreras, los éxitos y los planes de futuro importan, por supuesto que sí. Pero lo que realmente les da sentido son las personas con las que los compartimos. Porque, en el fondo, todos necesitamos lo mismo: amar y sentirnos queridos.Unos días después de aquella visita, tu hermana tomó una decisión: estudiará Ingeniería Biomédica. Me hizo feliz porque, de alguna manera, ha encontrado una forma de unir dos de sus pasiones: la fascinación por la tecnología y el deseo de ayudar a personas como tú. Una vez más, sin saberlo, has dejado tu huella. Porque no todos cambiamos el mundo construyendo grandes cosas; algunos lo cambiáis inspirando a los demás a ser mejores.Te quiero,Papá.