La vida nos pone frente a situaciones que no siempre elegimos, que no buscamos y que, aun así, tenemos que afrontar. No hay atajos ni soluciones mágicas, solo nos queda decidir cómo queremos vivir esa realidad.

Hace unos meses nos escapamos a Cantabria. La lluvia y el frío nos acompañaron todo el camino, hasta la nieve hizo acto de presencia en el viaje de vuelta. Lo que iba a ser un fin de semana de desconexión en familia se tornó en toda una aventura. No te acabaste de encontrar y tampoco el tiempo ayudó a que lo hicieras.

En un momento dado amainó el temporal y pudimos escaparnos a pasear por la playa. Qué bonito es todo por allí: el mar, las montañas… Pero tu carácter no amainó, y lo que iba a ser un momento de disfrute se tornó en una carrera de obstáculos para conseguir llevarte de nuevo al coche. Pequé de imprudente al pensar que la brisa del mar te relajaría y, para cuando quise darme cuenta de que no podíamos seguir avanzando, ya estábamos muy lejos del parking.

Tu madre se quedó con tus hermanas y yo me ocupé de ti. Hace tiempo que aprendimos que somos un equipo que se tiene que sacrificar por el bien del mismo, aunque eso implique que apenas estemos juntos. El retorno se me hizo interminable y, de pronto, un sentimiento de rabia y frustración recorrió todo mi cuerpo: viajar desde Madrid para encontrarme con aquel panorama y no poder disfrutar ni siquiera de un momento de respiro es desesperante.