Cuando la enfermedad golpea, cuando los días se llenan de desafíos, uno no puede evitar preguntarse: ¿todo esto, para qué? Sufrir, por sí solo, no tiene sentido; pero podemos dárselo por cómo decidimos afrontarlo

Querido Alvarete,...

Son las 6.10 y te tiras sobre mi cama como quien viene a recordarme que el día ya está aquí. No vienes a quedarte: vienes a arrancarlo. Te mueves con esa soltura tuya —metro y casi noventa de pura presencia— y, sin darte cuenta, apoyas primero la mano en mi cabeza y después me clavas la rodilla en el estómago. Me quejo por dentro, claro, pero también me hace gracia esa manera tuya de decir “papá” sin palabras. Estás empapado: otra noche más en la que los pañales no han resistido. Yo tengo un globo en la cabeza, he dormido poco, y el cuerpo me pide esconderme bajo la almohada como si así pudiera negociar cinco minutos más. Lo intento, pero me agarras de la muñeca con una fuerza… Tiras de mí como si supieras, mejor que nadie, que siempre me levanto.

Enciendo la luz, te miro —cansado, sí— y entonces lo veo: en tu mirada no hay maldad ni capricho. Hay urgencia. Tu urgencia. Y, con ella, empieza la jornada. Mientras empiezo la rutina de limpiarte y recoger las sábanas, me viene a la cabeza esa vieja leyenda —la de Sísifo— de un rey que osó desafiar a los dioses. Lo condenaron a una tarea eterna: empujar una piedra gigantesca cuesta arriba sabiendo que, justo cuando estaba a punto de coronar la cima, la roca rodaría colina abajo y tendría que volver a empezar. Una y otra vez. Siempre igual.