Ojalá tus hermanas, algún día, puedan estar orgullosas de sus progenitores: no solo por cómo te quisimos a ti Alvarete, sino por cómo las quisimos a ellas

Nos equivocamos constantemente, al menos yo tengo esa sensación. Muchas veces, de tantos errores que cometo, tengo ganas de reiniciar la partida para jugarla mejor. Recuerdo cómo, de pequeño, empezaba una y otra vez los niveles del Sonic y, hasta que no los hacía perfectos, no era capaz de pasar al siguiente nivel. Hoy tengo...

la sensación de que llego al final del día a trompicones, muy lejos de la perfección, y aun así la vida me obliga a pulsar “continuar”.

Hay errores y errores: algunos nos pasan desapercibidos y otros nos duelen en el alma. Los que a mí me duelen de verdad casi siempre tienen que ver contigo o con tus hermanas. Ser padre no siempre es fácil; a veces es, sencillamente, caminar a oscuras. Y una de las cosas más difíciles es aprender a leer emociones que no siempre se dicen. Porque, ¿cómo voy a saber qué te pasa, Alvarete, si no hablas, si no puedes contarme lo que sientes? ¿Y cómo voy a entender del todo lo que les pasa a tus hermanas si yo nunca tuve que aprender lo que significa crecer al lado de un hermano que necesita tanto?