Ojalá fuéramos todos conscientes del superpoder que tenemos cuando sonreímos o decimos unas palabras agradables a los que nos rodean
El otro día estaba desayunando después de una noche dura —más bien, de una temporada—. Tenía la cara de circunstancia, la cabeza gacha, una taza de café humeante entre las manos y la mirada perdida. Tú estabas en el salón con tu madre, que...
hacía por entretenerte mientras me daba tiempo a recuperarme. Entonces se despertó tu hermana pequeña, Inés. Pasó por el salón, os dio los buenos días y terminó en la cocina, donde estaba yo… al menos físicamente. Se me quedó mirando y me dijo: “¿Sabes, papá? A mamá le cambia la cara cuando la llamas princesa”. Dejó su peluche encima de la mesa, se preparó su vaso de leche y se puso a desayunar como si tal cosa.
Al principio no respondí, no reaccioné. Por la noche, ya metido en la cama, vino tu madre a darme el beso de buenas noches —esa noche dormía contigo—, y en ese instante recordé lo que me había dicho Inés por la mañana. Me vino a la mente como una frase olvidada que, de pronto, cobraba sentido. Pensé: “Esta es la mía”. La miré con cara de seductor (por decir algo) y, con la voz más melosa que pude (un desastre), le dije: “Me han dicho que te cambia la cara cuando te llamo princesa”. Le sonreí y le guiñé un ojo. Su reacción inicial fue reírse, llamarme tonto e irse, pero, al cabo de un rato, volvió, me dijo que me quería, me dio un beso…






