Querido Alvarete,Mi amigo Willy, que anda haciendo el Camino de Santiago desde Berlín, va compartiendo una especie de diario de viaje y, entre las muchas cosas que cuenta, el otro día relató una historia que se me quedó dando vueltas en la cabeza. Una noche compartió mesa con otro peregrino. Tenía 33 años. Era croata de nacimiento, aunque llevaba toda la vida en Bosnia. Había empezado el Camino en Lourdes y avanzaba a un ritmo casi inhumano: dos etapas diarias. No por afán de superación, sino porque los días libres son un lujo cuando la vida aprieta.Le explicó que en su ciudad se puede sobrevivir con unos 600 euros al mes, siempre que uno renuncie a casi todo. Él gana 800. Con eso mantiene a su mujer y a dos hijos, uno de 4 años y otro de apenas 8 meses. No hablaba de sacrificios ni de injusticias. Lo contaba como quien describe el tiempo: simplemente era la vida que le había tocado. Luego llegó la parte que desmonta a cualquiera. Durante la guerra perdió a sus padres. Era un niño. Lo acogió una mujer musulmana, aunque él era católico. Vivió con ella cinco años, hasta que ingresó en un orfanato dirigido por religiosas católicas, donde permaneció hasta cumplir los 18.Es un creyente profundo. Recorre el Camino con un rosario entre las manos y dice que reza por cada persona con la que se cruza y que arrastra algún problema. Pero lo más llamativo no es su religiosidad, sino la sencillez de su conclusión sobre el mundo. Para él no existen musulmanes, católicos, ortodoxos o ateos. Solo existen dos clases de personas: las buenas y las malas. Lo ha experimentado en sus propias carnes.A veces me pregunto de qué grupo soy. Me gustaría pensar que estoy entre los buenos, pero sospecho que demasiadas veces vivo como si el sufrimiento de los demás existiera solo mientras lo tengo delante. En cuanto desaparece de mi vista, vuelvo a ocuparme de mis cosas, de mis planes y de mis pequeñas alegrías. Y esa idea me incomoda.Como el otro día, que apartaba la mirada del periódico, pues no podía aguantar ver la tragedia del terremoto de Venezuela. Y, al mirar hacia el otro lado, veía un sinfín de WhatsApps de gente feliz porque la carrera de la Fundación Ava había salido fenomenal. Habían disfrutado los corredores, los niños, los voluntarios… Todo había salido incluso mejor de lo que imaginábamos.Durante unos segundos sentí una felicidad enorme, pero de pronto me vino a la mente Venezuela y aquella alegría se desinfló de golpe. ¿Cómo podía sentirme tan satisfecho sabiendo que, mientras nosotros celebrábamos una carrera, había miles de personas que acababan de perderlo todo? No encontré una respuesta sencilla, ni creo que nunca pueda encontrarla por mí mismo.Pensé entonces en la Madre Teresa de Calcuta, siempre inmensamente feliz a pesar de vivir rodeada de todo el sufrimiento del mundo. Ella sí había resuelto esa contradicción: al entregarse hasta el extremo por los demás, carecía del ruido de las decisiones aplazadas y de esa sensación permanente de no estar haciendo lo suficiente. Para ella, la pregunta simplemente no existía. Yo todavía estoy muy lejos de eso y me lo recordaste tú, sin pretenderlo, una noche cualquiera.Llegamos de viaje, de un fin de semana largo en el norte. Estaba agotado, no podía más, menuda intensidad de día. Empecé a desvestirte para ducharte. Bajo el pantalón, sube una pierna, luego la otra y, rodillazo en mi cara. Sales corriendo medio en bolas, te tiras en la cama, lleno de restos de comida de la cena, y empiezas a hacer la croqueta. Yo, en el suelo, sin saber dónde poner las manos, si en la cara para rascarme el golpe o apoyadas en el suelo para no acabar de darme el tortazo… Me levanté de un salto y fui hacia ti enfadado, con ese enfado rápido que nace más del cansancio que de la razón. Te eché la bronca y te metí en la ducha. Se te cambió la cara de golpe, a pesar de supuestamente no entenderme. Pero sí entiendes los gestos, las formas.Mientras te lavaba el pelo y te ponía la mano encima de los ojos —porque no eres consciente de que los tienes que cerrar para que no te pique el jabón—, sentí una vergüenza enorme. Tú no habías hecho nada. Eras exactamente el mismo niño que llevabas siendo toda la vida. El que había cambiado era yo. ¿Cómo podía haberme enfadado contigo? ¿Acaso se me olvida que estás enfermo, que padeces mucho más que yo y, a pesar de eso, sonríes? ¿Cómo puedo quejarme de que mis amigos o compañeros olviden por lo que pasas si ni siquiera yo, que soy tu padre, soy capaz de recordarlo?Por tanto, mi mayor miedo no es endurecerme de golpe, sino ir haciéndolo poco a poco, al dejar de mirar con el corazón a quien tengo delante. Ir perdiendo la batalla, despacio, casi sin darme cuenta, cada vez que el cansancio, la comodidad o el propio ego ocupan el lugar que le correspondería al amor.Con el paso de los días, cada vez estoy más de acuerdo con aquel peregrino. Aunque le matizaría que la verdadera diferencia no está tanto entre buenos y malos, sino entre quienes siguen luchando cada día contra su propio ego y quienes hace tiempo que dejaron de hacerlo.No me sueltes la mano, Alvarete, agárrala fuerte y no me dejes olvidar quién quiero ser.Te quiero,Papá.
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