En muchos de sus ensayos, Mario Vargas Llosa sostiene que leer amplía la experiencia de vivir. Esa es, precisamente, mi invitación hoy: adentrarnos en el libro de Ana Isabel Alvea Sánchez, Mis tardes con Mateo. Historias de un niño con autismo (ed. El Loto Azul). Quienes me leen habitualmente saben que suelo traer a este espacio libros que narran la discapacidad como una forma de ensanchar nuestra mirada y, en definitiva, nuestra experiencia vital.
Lo novedoso de esta obra reside en su punto de vista: quien narra es la propia autora, tía de un niño con autismo. Desde esa cercanía afectiva, el libro construye un retrato de la infancia que Alvea Sánchez vincula a la felicidad, pero sin eludir la otra cara de la moneda. Aparecen así los desafíos a los que debe enfrentarse un niño con este diagnóstico y su familia: los límites de la Atención Temprana, las dificultades en el ámbito educativo, la relación con otros niños, además de los rasgos y comportamientos propios del autismo.
Pero quizá lo más valioso del libro sea su capacidad para detenerse en lo cotidiano y convertirlo en relato. Mejor que explicarlo es leer a la autora, que generosamente nos permite reproducir este fragmento de sus tardes con Mateo:








