Siento que mi alma está metida en una caja, pero nunca pierdo la esperanza de salir adelante. Nací siendo un niño con discapacidad congénita. Todo sucedió porque cuando vine al mundo, unas personas que aún no tenían toda la preparación necesaria me ayudaron a nacer, pero esa situación afectó mi parte motora y marcó mi vida.Mis padres se dieron cuenta de que algo no estaba bien cuando yo tenía seis meses: no me movía ni desarrollaba las cosas como cualquier niño de esa edad. Se preocuparon mucho, porque veían que no era normal lo que pasaba. Le contaron a toda mi familia, y ellos no dudaron en apoyarnos con mucha fe y confianza, pensando que yo podía tener una vida llena de alegría, de sueños y de esperanza. Nunca se dieron por vencidos; al contrario, decidieron luchar conmigo cada día.Empezamos a buscar ayuda y a seguir los tratamientos que los especialistas indicaron. Ellos nos ayudaron a encontrar una salida positiva en esta batalla que dura las 24 horas del día, y que nunca termina, porque son momentos muy largos y difíciles. A veces uno se siente cansado, pero mis padres siempre me dicen que hay que seguir con optimismo, que no hay que rendirse. Esa es la misma fuerza que ellos tuvieron: sabían que tenían que darme todas las herramientas para que yo pudiera cumplir mis metas, y que no le pusieran barreras a mi vida, porque sabían que un día no los tendría siempre cerca para ayudarme.Mis padres me llevaron a los mejores especialistas y me diagnosticaron parálisis cerebral infantil. Cuando mi familia se enteró, tampoco se quedaron con los brazos cruzados: nos tendieron la mano para ayudarnos en todo lo que fuera necesario. No se lamentaron por esta situación que marcaría mi vida para siempre; al contrario, esa noticia los impulsó a seguir luchando cada día. Hemos tenido muchos logros, a pesar de lo que los expertos decían al principio. Nos acostumbramos a vivir con alegría, pero también sabemos que siempre hay una barrera que parece poner límites. Esa situación está ahí, aunque a veces no la veamos, es como una sombra que siempre está presente y que no se puede evitar.Pero nunca dejamos de lado lo que me hace feliz: compartir juegos y risas con las personas que me rodean, momentos que en ese tiempo podía vivir con naturalidad. Todo esto fue el comienzo de un esfuerzo constante que he tenido que hacer por mí mismo, para lograr tener una vida mejor y llena de sentido.¿Así te gusta? Ahora queda muy claro que ese encierro es en el alma, con ese toque profundo y misterioso que querías, y se respeta todo lo que quieres contar de tu historia y de la fuerza de tu familia. (O)Jorge Enrique Andrade Rodas, Guayaquil