Al igual que las patatas, las judías verdes llegaron a Europa en barco desde América. Y se introdujeron a través de España. Aunque ya existían algunas variedades de origen asiático o africano, fue a partir del siglo XV cuando su consumo se empezó a popularizar en el continente con semillas más productivas. Las judías son los frutos inmaduros de la planta Phaseolus vulgaris. Se plantan durante la primavera y se cosechan durante los meses de calor. Hacia el inicio del otoño las matas empiezan a secarse. En esa época pueden tomarle el relevo otras plantas de la familia de las leguminosas, como las habas. Ambas ideales para generar nitrógeno en los suelos donde crecen.

Las judías verdes son una excelente fuente de folatos y vitamina C. “Los folatos contribuyen a la formación normal de las células sanguíneas”; mientras que la vitamina C protege las células del daño oxidativo, señalan desde la Fundación Española de Nutrición (FEN). Entre los minerales cabe destacar el yodo, “una ración de judías verdes equivale al 42 por ciento de las ingestas recomendadas al día —IR/día— en hombres, y al 53% en mujeres”.

En proporciones menores contienen también “alfa y betacarotenos (compuestos con actividad provitamínica A) y luteína (carotenoide sin actividad provitamínica A)”. Se trata de antioxidantes que protegen nuestras células, en especial la piel y la vista. Así como otros compuestos polifenólicos, que actúan como antiinflamatorios y antihistamínicos naturales.