Estos días, releyendo las memorias de Ben Bradlee (Boston, 1921-Washington, 2014), quien fue director del Washington Post entre 1968 y 1991, me he topado con una reflexión que sigue siendo igual de vigente. No solo en Estados Unidos.

“Y a decir verdad, la misma verdad era cada vez más difícil de encontrar. Vietnam y el Watergate habían animado a la gente a mentir siempre que la verdad resultase incómoda. Y nadie estaba inmune. Gente buena, gente con sentido moral, se corrompía por circunstancias sobre las que ejercían un control sustancial, pero ninguna responsabilidad. Cuanto más buscaba la verdad en los nuevos personajes detrás de la noticia, mayor era la ofuscación y más preguntas me hacía”, escribe Bradlee en La vida de un periodista (El País Aguilar, 1995).