Las civilizaciones no caen únicamente en combate; también pueden derrumbarse cuando pierden la memoria de lo que son y dejan de saber qué quieren ser. Roma no sucumbió por el lujo de los triclinium, ni la China imperial por abusar del opio, sino porque ambas terminaron convirtiéndose en sociedades unidas apenas por la desconfianza hacia su propio pasado y por el miedo hacia el mundo que las rodeaba. PAVEL BEDNYAKOV / EFEEuropa vive uno de esos momentos. Tras caer el Muro creyó asistir al final de una tragedia cuando entraba en el prólogo de otra. El problema no era solo el hundimiento del bloque comunista bajo el peso de su propia ineptitud. La verdadera cuestión era qué hacer después con Rusia. Y Europa –como le ha pasado más de una vez en su historia– no supo responder.Durante unos pocos años –un suspiro casi irreal visto desde hoy– pareció posible rehacer el continente junto a los antiguos aliados que habían sepultado al nazismo. Gorbachov habló de una “casa común europea” y Mitterrand imaginó una confederación continental, de Lisboa a Vladivostok, capaz de liquidar las fronteras mentales heredadas de la guerra fría. Algunos comprendieron entonces lo esencial: que una Rusia humillada no desaparecería; regresaría bajo formas más oscuras, resentidas y peligrosas.La imagen de ese resentimiento pudo verse con claridad en Moscú durante las celebraciones del pasado 8 de mayo: un poder obsesionado con la memoria de la victoria, porque hace tiempo dejó de encontrar ninguna esperanza en el futuro.Expulsar a Rusia de Europa siempre fue una ilusión geopolítica y una amputación culturalOccidente confundió esa implosión con una victoria militar que se produjo sin que nadie la previera y sin disparar un tiro. Washington interpretó 1991 como la confirmación definitiva de su éxito histórico. Habrá quien recuerde el discurso del estado de la Unión de Bush en 1992: “Por la gracia de Dios, América ganó la guerra fría”. Aún produce escalofríos.Y Europa, agotada intelectualmente tras medio siglo de tutela estratégica estadounidense, aceptó aquella lectura sin rechistar. La OTAN no se disolvió con el fin de la amenaza soviética: se expandió. Y Rusia no fue integrada en un nuevo equilibrio continental; fue desplazada hacia la periferia de Europa, convertida en una potencia derrotada: los que tomaron Berlín a sangre y fuego ahora recibían de Alemania paquetes de ayuda humanitaria.Los noventa dejaron en Rusia una huella que rara vez quisimos comprender. Cuando en Bruselas y Washington se hablaba de transición democrática, en Moscú se vivía una descomposición nacional que aquí no daba ni frío ni calor: privatizaciones mafiosas, oligarcas, miseria social y humillación internacional. Y, como quien no quiere la cosa, la rápida aproximación de las estructuras militares occidentales hacia el antiguo espacio soviético.Y Europa, más ciega que Tiresias y sin acertar ni la hora, creyendo que la paz continental podría construirse contra Rusia y, claro, pagando la fiesta EE.UU. Olvidando que Rusia no es un actor externo a Europa; y esa es una de las tragedias del continente. Tolstói, Dostoyevski o Mandelstam pertenecen tanto a la historia europea como París o Barcelona. Expulsar a Rusia de Europa siempre fue una ilusión geopolítica y una amputación cultural.Nada de esto absuelve a Putin y sería obsceno sugerirlo. La invasión imperial de Ucrania es un crimen y una catástrofe moral. Pero las tragedias no surgen de una única voluntad maligna, nacen también de la soberbia y de la incapacidad para pensar más allá de la victoria. Hoy Europa descubre con estupor que sigue organizada bajo las inercias geopolíticas de 1949 mientras el mundo desgarra violentamente el siglo XXI. Ese fue uno de tantos errores, el de creer que la historia había terminado cuando apenas cambiaba de forma. Por eso ahora queremos comprar más armas de las que podemos pagar y nos arrastramos serviles ante los nacionalismos imperiales chino y norteamericano. Gran negocio.Lo peor es que hubo una oportunidad. Imperfecta, difícil pero real. La de construir un orden europeo capaz de integrar a Rusia sin someter a Europa oriental ni reinstaurar viejas esferas de influencia. Existió. Y fue desperdiciada entre triunfalismos atlánticos, debilidad europea y resentimientos rusos. Ahora Europa vuelve a despertar entre ruinas morales y fronteras armadas. Como tantas veces antes.