Cuando camino entre ruinas, no es el pasado lo que más me intriga sino el futuro. Días atrás, volví a visitar la Villa Adriana, ese enorme complejo arquitectónico que el emperador Adriano construyó a las afueras de Roma, al pie de Tivoli, que encierra espacios que incluso hoy, aún a pedazos e incompletos, sugieren ambientes fascinantes donde la imaginación se mueve fácilmente sobre un andamiaje que se lo facilita. Quien quiera conocerlo de antemano puede leer esa suave y estremecedora novela de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, que en un impecable estilo togata recrea bajo la forma de una carta larguísima la mente del emperador que pacificó su mundo, paz que tuvo momentos de violencia extrema como el aplastamiento de la revuelta judía de Bar Kojba que dejó un saldo, según el historiador Dion Casio, de quinientos mil muertos. Mientras caminaba entre las ruinas no dejaba de pensar en esa atrocidad. Como contrapunto, me venía a la mente que ese emperador fastuoso era un gran admirador de los griegos y buscó al humilde esclavo filósofo Epicteto, con quien conversaba sobre temas de filosofía, y de quien hoy podemos leer su manual estoico, el Enquiridión, que de ruina no tiene nada. Lo dije: sobre esos rieles, la imaginación vuela.Pero al poco rato, ese pasado amplio y documentado se calma. Veo a los turistas que avanzan en grandes grupos o a las parejas que se desbordan entre lo que ven y lo que sienten, mientras camino tranquilamente a solas y dejo que todos pasen. La Villa Adriana ocupa cientos de hectáreas y entre los distintos edificios hay tramos largos para caminar y, por supuesto, bancas para sentarse, lo que hace de este paseo uno de los más agradables dentro de los monumentos italianos, siempre excesivamente abigarrados de visitantes. Quizá una de las cosas más atractivas de estas ruinas romanas es que parece un parque gigantesco para disfrutarlo con calma. Y es en ese momento en el que dejo ese pasado del mundo romano y empiezo a pensar cuáles serán las futuras ruinas del mundo. No hablo de los habituales futuros distópicos a las que nos hemos habituado por las películas de ciencia ficción, donde suponemos cómo de destruida será la civilización humana a unos cien o quinientos años. Voy más allá. Así como vemos la Villa Adriana que tiene casi dos mil años, quiero suponer un futuro de aquí a otros dos mil años. Por una lógica arquitectónica, es probable que muchas de las obras monumentales de hoy en día, como los rascacielos de Dubai y de China, no sobrevivan. Son otras las construcciones con futuro y con mensajes nada complacientes. Por ejemplo, el depósito de residuos nucleares de Onkalo, en la isla finlandesa de Olkiluoto, recién inaugurado y en el que se guardarán a unos 400 metros de profundidad, en cápsulas de cobre, hasta 6000 toneladas de residuos. Este depósito se ha construido con un previsión de que pueda sobrevivir cientos de miles de años. La pregunta será si en ese futuro remoto se comprenderán las señales de advertencia del fuego tóxico que encierra el recinto. Otra posible ruina del futuro puede ser la muralla de contención de las aguas de la Presa de las Tres Gargantas, en China. O la apacible estatua de Sardar Vallabhbhai Patel, de 182 metros de altura, la más alta del mundo, que se inauguró en 2018 y que representa a uno de los líderes fundacionales de la India, de pie junto a las aguas de otra represa, la del río Narmada. Lo que por supuesto debe sobrevivir siglos porque fue creada con esa intención es el depósito de semillas de Svalbard, en Noruega, una especie de búnker de mil metros cuadrados que empezó a funcionar en 2008 y que contiene las semillas de más seis mil especies de plantas. A la fecha llegan a 600 millones de semillas y se calcula que su capacidad puede superar los 2000 millones. El granero del futuro. Me pregunto qué quedará de esas otras obras monumentales inauguradas a inicios de este siglo: ¿el viaducto francés de Millau, uno de los más altos del mundo? ¿Los profundos túneles suizos para el paso de trenes y automóviles? ¿La nueva biblioteca de Alejandría? Lo cierto es que estas obras monumentales de nuestro tiempo deben haber contemplado alguna forma de supervivencia. O quizá no.Lo que podemos ver son apenas fragmentos, residuos, ruinas en resumen que cumplen con ese memento mori que implica cada una de esas visitas a lugares históricos. Y así como se edifica el mundo del futuro, el pasado todavía sigue escondido esperando salir a la luz. En esa recuperación del pasado de antigüedad greco-latina siempre me sorprende el desequilibrio entre la perduración de la piedra y la palabra escrita frente a la pérdida, por ejemplo, de la pintura. Salvo frescos o mosaicos, la gran mayoría de pintura antigua se ha perdido porque se pintaba sobre finas tablas de madera de tilo o sicomoro, llamadas “pinakes” por los griegos, y que solo ha sobrevivido en la palabra “pinacoteca” que son las que guardan hoy en día sobre todos lienzos al óleo, una técnica que vendría siglos después. El poeta Ovidio, al final de las Metamorfosis, escribió la pretensión de supervivencia de sus palabras, de que ni la ira de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo que todo lo corre podrán eliminar sus palabras, y que lo mejor de él volará hacia la eternidad a los puntos más altos de las estrellas y su nombre permanecerá, indeleble. Ovidio sobrevivió, pero lo cierto es que de la producción escrita de la antigüedad clásica griega y latina apenas tenemos un diez por ciento.La lección de visitar ruinas siempre combina lo que sobrevive con la lección de lo que muere. Lo que siempre veremos, sea en la Villa Adriana o en las ruinas de Macchu Picchu o en las nuestras de Ingapirca o de Pucará de Rumicucho, será un manojo de hierbas abriéndose camino. (O)