La resiliencia nacional se ha definido durante mucho tiempo por la fuerza militar y el gasto en defensa. Pero los responsables políticos están empezando a reconocer que la cultura es un componente crítico de la seguridad nacional para los países democráticos. La Conferencia de Seguridad de Múnich del año pasado mantuvo debates sobre el papel de la cultura en la estabilidad europea. El ministro de Cultura danés, Jakob Engel-Schmidt, captó el consenso emergente al afirmar que la democracia "se nutre en nuestras bibliotecas, museos, cines, archivos y teatros, espacios donde la gente aprende a pensar críticamente, a empatizar y a pertenecer". Este reconocimiento no podría ser más oportuno. La identidad cultural en todo el mundo está bajo la presión de las fuerzas que remodelan las sociedades modernas: la guerra, la migración a gran escala, la rápida urbanización, el desarrollo tecnológico y el cambio demográfico. La erosión de la cultura compartida y de la pertenencia se ha convertido en uno de los desafíos definitorios de nuestra era. Los responsables políticos están empezando a reconocer que la cultura es un componente crítico de la seguridad nacional para los países democráticos. Ucrania, sin embargo, ofrece algunos motivos para la esperanza. Desde la invasión a gran escala por parte de Rusia hace cuatro años, Ucrania se ha convertido en el laboratorio de defensa más importante del mundo, probando innovaciones militares que pueden fortalecer la seguridad europea. Pero, con igual importancia, sus industrias creativas se han convertido en una forma de infraestructura estratégica, un desarrollo del que el resto del mundo puede aprender.