AnálisisEl rearme avanza, pero la unidad de mando y la efectividad de esa capacidad militar multinacional europea reforzada no están para nada claras.Un soldado de la Bundeswehr, las Fuerzas Armadas alemanas, durante una presentación Foto: Morris MacMatzen23.05.2026 22:01 Actualizado: 23.05.2026 22:01
Europa se está rearmando en el momento más oportuno. Estados Unidos no solo ha dejado prácticamente de apoyar a Ucrania ante la continua agresión rusa, sino que hace poco el presidente Donald Trump anunció una retirada de parte de las tropas estadounidenses estacionadas en Alemania tras un “roce” con el jefe del gobierno alemán, Friedrich Merz. Y aunque esta semana dijo que enviaría 5.000 soldados a Polonia, la verdad es que el compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea nunca ha parecido tan frágil como lo es hoy.Mientras los gobiernos de todo el continente aumentan drásticamente el gasto en defensa y refuerzan sus capacidades militares, la Unión Europea está adoptando un enfoque sensato, creando nuevos mecanismos para coordinar la inversión y fortalecer su industria de defensa. Pero las capacidades financieras, industriales y militares servirán de poco si Europa carece de la autoridad política para decidir si se utilizan y cómo hacerlo. LEA TAMBIÉN No hay nada nuevo en la dificultad de Europa para tomar decisiones con rapidez ni, cuando es necesario, de cambiar de rumbo con agilidad. La lentitud de la UE refleja un diseño institucional que concentra la capacidad y la influencia en instituciones supranacionales, pero deja el poder político en manos de los Estados miembros. El rearme europeo, sin embargo, agrava esta tensión y aumenta lo que está en juego.Trump ha puesto en duda la esatabilidad de la Otán. Foto:InternacionalUna nueva estrategiaDurante décadas, la cuestión de la seguridad colectiva en Europa parecía tener una respuesta clara. La Otán, con Estados Unidos como eje central, era el último bastión de la seguridad europea. Tal y como explicó Henry Kissinger hace más de 60 años, Estados Unidos —tanto bajo presidentes republicanos como demócratas— fomentó esta dependencia para garantizar un liderazgo estadounidense incuestionable. Una Europa con mayor capacidad militar habría sido más asertiva y, en la época de la Guerra Fría, los responsables políticos estadounidenses querían mantener el control sobre la toma de decisiones.Europa aceptó esta estrategia porque permitía desviar fondos de la seguridad hacia prioridades nacionales. Incluso cuando Estados Unidos —lastrado por las costosas guerras en Afganistán e Irak, y deseoso de desplazar su enfoque estratégico hacia Asia— comenzó a animar a Europa a asumir más responsabilidad de su propia defensa, Europa se mostró reacia, y el gasto en defensa se mantuvo muy por debajo del umbral del 2 % del PIB que, se suponía, debían cumplir todos los miembros de la Otán. El resultado fue unas fuerzas armadas europeas con recursos insuficientes y una preparación limitada, unas industrias de defensa fragmentadas que luchaban por alcanzar la escala necesaria y una escasa capacidad para llevar a cabo acciones estratégicas sostenidas.La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 puso de manifiesto estas debilidades, y la respuesta ambigua del entonces presidente de Estados Unidos, Joe Biden, cristalizó los riesgos que entraña la dependencia de Estados Unidos. Ya no cabía ninguna duda: Europa necesitaba poner en orden su estrategia.Fuerzas policiales polacas desplegadas en el lugar donde cayó un dron ruso. Foto:EFEDiscurso históricoApenas tres días después de la invasión rusa, el entonces canciller alemán, Olaf Scholz, pronunció su famoso discurso sobre el Zeitenwende (punto de inflexión histórico), en el que se comprometió a aumentar de forma considerable el gasto en defensa de su país. Posteriormente, gobiernos de todo el continente, desde España hasta Polonia, siguieron su ejemplo con aumentos propios. Al mismo tiempo, Europa superó 25 años de reticencia a enfrentarse a Rusia y encabezó el refuerzo del flanco oriental de la Otán. Además, ese fue el origen del compromiso del actual canciller, Friedrich Merz, de reformar las restricciones presupuestarias, permitir que los gastos en defensa y seguridad que superen el 1 % del producto interior bruto (PIB) queden excluidos del “freno de la deuda” consagrado en la Constitución, y establecer un fondo especial de 500.000 millones de euros (545.000 millones de dólares) para infraestructuras durante los próximos 12 años.Destacable han sido las acciones de la Comisión Europea, que, bajo el liderazgo de la presidenta Ursula von der Leyen, ha comenzado a elaborar políticas en materias fuera del ámbito de competencia de la Comisión. En particular, la Comisión comenzó a construir un marco para coordinar la inversión en defensa entre los gobiernos de los Estados miembros de la UE y reforzar la base industrial de Europa. El Fondo Europeo de Defensa, por ejemplo, destinará 7.300 millones de euros a promover la investigación, el desarrollo y la adquisición colaborativos en sectores críticos como el espacio, el ciberespacio y los sistemas de defensa. LEA TAMBIÉN Además, la iniciativa Acción de Seguridad para Europa, puesta en marcha el año pasado, proporcionará hasta 150.000 millones de euros en préstamos a largo plazo a un precio competitivo a los Estados miembros para inversiones en capacidades de defensa.Emmanuel Macron anunció medidas para el servicio militar en Francia Foto:AFPEn cierto sentido, estos instrumentos se basan en el uso que la UE ha hecho en el pasado de soluciones alternativas para salvar las lagunas en su autoridad, como lo demuestran iniciativas como NextGenerationEU, que surgió como un medio para ayudar a la economía europea a recuperarse de la pandemia de covid-19. Y las innovaciones de la Comisión reflejan el reconocimiento de que la UE se encuentra en una posición única para facilitar una coordinación beneficiosa en áreas críticas. En lo que respecta a la defensa, esto incluye la contratación conjunta y la cooperación industrial para mejorar la eficiencia, reducir la duplicación y potenciar la interoperabilidad.El gran retoPero, aunque la UE esté asumiendo un papel protagonista en la financiación, la coordinación y la regulación del sector de la defensa europeo, los tratados de la UE dejan las decisiones sobre la política de defensa y el uso de la fuerza casi exclusivamente en manos de los Estados miembros. Además, la planificación militar, las estructuras de mando, la doctrina operativa y la interoperabilidad siguen estando orientadas de forma abrumadora hacia la Otán. Los ejércitos europeos siguen hablando el lenguaje operativo de la Alianza Atlántica, en lugar del de las instituciones de la UE.Así pues, aunque la UE está tratando de reforzar el mecanismo de la defensa colectiva europea —aumentando los recursos financieros, profundizando la coordinación industrial y ampliando las capacidades tecnológicas—, carece de una estrategia colectiva, teniendo poca capacidad para crear una. En otras palabras, Europa está construyendo gradualmente los cimientos financieros e industriales del poder militar sin establecer una autoridad política clara capaz de dirigirlo.La guerra en Irán es un episodio que ha abierto los ojos de Europa. Foto:AFPEsta dinámica ha quedado patente en la guerra de Ucrania. Sin duda, la UE ha mostrado una cohesión notable en este frente, introduciendo sucesivas rondas de sanciones contra Rusia, movilizando ayuda financiera a gran escala para Ucrania y financiando el suministro de equipo militar a Ucrania a través de mecanismos como el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz. Sin embargo, esto refleja la fuerte alineación política entre los gobiernos europeos y los vestigios del liderazgo estadounidense dentro de la Otán, no el liderazgo estratégico de la UE.De hecho, la orientación estratégica del esfuerzo bélico se ha decidido, en gran medida, al margen de los marcos de la UE. La planificación militar se lleva a cabo principalmente a través de la Otán o de coaliciones informales de gobiernos aliados. Las decisiones sobre los principales sistemas de armamento se negocian entre las capitales nacionales, y no a través de las estructuras de la UE.La incongruencia es evidente: la política de seguridad más importante de Europa en décadas se financia en parte mediante instrumentos europeos, pero no está dirigida por las instituciones europeas.El caso de IránTambién falta un marco estratégico coherente de la UE en su enfoque en la guerra en Irán. Los Estados miembros comparten en general el objetivo de impedir que Teherán adquiera armas nucleares, así como el interés de evitar una guerra más amplia en Oriente Medio que podría desestabilizar aún más los mercados energéticos y exacerbar los riesgos de seguridad a lo largo del flanco sur de Europa. Además, son especialmente conscientes de la necesidad de prevenir que se repita el éxodo masivo y el consecuente flujo de inmigrantes que siguió al estallido de la guerra civil en Siria. Pero, en términos generales, la diplomacia europea en Oriente Medio ha funcionado durante mucho tiempo principalmente a través de canales nacionales. LEA TAMBIÉN Las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán, por ejemplo, han estado a cargo del “E3”: Francia, Alemania y el Reino Unido. Por supuesto, ahora Trump ha dejado a toda Europa al margen de las conversaciones, y solo Pakistán y Turquía tienen un papel secundario.Incluso cuando las instituciones de la UE participan en procesos diplomáticos, la autoridad política recae en los Estados miembros. Este patrón se ha mantenido desde el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, con la diplomacia nacional y las coaliciones ad hoc configurando la respuesta europea.Europa ha empezado a armarse por las amenazas de la invasión rusa a Ucrania. Foto:InternacionalEnfoques nacionalesLa creación de un marco estratégico europeo único no es solo una cuestión de diseño institucional, sino también de saber lidiar con las distintas culturas estratégicas nacionales. Tomemos como ejemplo a Alemania, que actualmente está ampliando su base industrial de defensa a un ritmo no visto desde principios de la década de 1960. Respaldado por un sorprendentemente amplio consenso nacional, el Gobierno está llevando a cabo un endeudamiento sin precedentes —facilitado por la flexibilización de su Schuldenbremse (“freno de la deuda”, que impone un límite a los déficits anuales) exigido por la Constitución— y estrechando lazos con la industria de defensa.Pero aún no está claro cómo encaja exactamente este rearme en un marco europeo. A pesar de reconocer la importancia crítica de la capacidad estratégica europea, los líderes alemanes aún no han abandonado sus reflejos transatlánticos, aunque la guerra con Irán, apenas meditada por Trump, y su creciente antipatía personal hacia el canciller Merz están poniendo en tela de juicio la aceptación habitual de la toma de decisiones estadounidense.El resultado es una tensión persistente entre el sentido de responsabilidad europea de Alemania y su impulso por afirmar el liderazgo nacional —una ambivalencia profundamente arraigada en la cultura política de la Alemania moderna—.Francia, gracias al legado de una política exterior y de seguridad independiente que dejó el general Charles de Gaulle en la década de 1960, parece tener los pies más firmes. Como única potencia nuclear de la UE, bajo el mandato del presidente Emmanuel Macron, ha anunciado un plan para ampliar su paraguas nuclear para cubrir a Bélgica, Dinamarca, Alemania, Grecia, los Países Bajos, Polonia y Suecia. Pero los términos de este acuerdo siguen siendo confusos, quizá de forma deliberada, y el marco de toma de decisiones que lo regiría sigue sin definirse.España se ve afectada por sus propias tensiones. España sigue firmemente anclado en la Otán, respalda las iniciativas de defensa europeas y está obligado por sus compromisos estratégicos. Esto contrasta con el discurso político del presidente Pedro Sánchez en materia de seguridad y guerra, que refleja los intereses internos preelectorales y la debilidad de su gobierno de coalición, atrayendo a la opinión pública de izquierdas contraria a Trump que deriva de sentimientos antiamericanos y antiisraelíes, así como la sensación de que la guerra en Ucrania y las preocupaciones de seguridad de Europa Central y del Norte le resultan muy lejanas.Europa ha empezado a armarse por las amenazas de la invasión rusa a Ucrania. Foto:EFE / EL TIEMPO / IAEl peligro del éxitoEl riesgo para Europa derivado de su falta de capacidad de toma de decisiones estratégicas no radica tanto en que las iniciativas de defensa de la Unión fracasen. Al contrario, parece probable que muchas tengan éxito, y que el continente desarrolle gradualmente industrias de defensa más sólidas y mejores capacidades militares. Pero existe un peligro real de que Europa acabe teniendo una especie de unión de defensa —un sistema para financiar y construir poder militar— sin una autoridad política capaz de decidir cuándo y cómo utilizarlo. LEA TAMBIÉN Una posición estratégica tan ambigua podría dejar a Europa más vulnerable de lo que jamás lo hizo la dependencia de Estados Unidos.Mientras que el rearme es, en última instancia, un reto técnico, la toma de decisiones estratégicas es un reto político. En un entorno internacional cada vez más inestable —caracterizado por la guerra en Ucrania, las crisis persistentes en Oriente Medio y la intensificación de la competencia entre las grandes potencias—, Europa podría descubrir pronto que disponer de las herramientas adecuadas no es suficiente.ANA PALACIO*Project SyndicateMadrid(*) Exministra de Asuntos Exteriores de España y profesora invitada en la Universidad de Georgetown. Sigue toda la información de Internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.














