Cuando los valores en los que cree una sociedad se derrumban, podría ocurrir como con los neandertales, que se disolvieron en las sombras

Hay momentos en que se tiene la tentación de desaparecer. Ir poco a poco yéndose, sin dejar mucho rastro, como si se pudieran descender unas escaleras y se llegara cada vez más abajo y fuera posible fundirse en la hierba del campo o en la tierra del jardín. Cada vez ser menos, más transparente, con poco peso ya en el mundo, como si fuera una maniobra de distracción para regresar más adelante, quizá, con nuevos bríos o con esperanza. Pero la sensación que manda es la de derrota, algo salió mal, algo se torció, toca la retirada, pero una retirada silenciosa, realmente no quedan fuerzas, cuanto me rodea se ha vuelto extraño y ya decir cualquier cosa es como tirar unas palabras sobre una mesa en...

la que los demás las ven con una distancia escéptica, como calderilla que ya nada aporta. Incluso alguien, en esas circunstancias, podría levantar la cabeza, estirar un brazo y señalar la puerta de salida. Se acabó.

Viene esto a cuento porque algo parecido debió sucederles a esos remotos primos hermanos del Homo sapiens, los neandertales. Lo contaba hace unos días en una entrevista que le hizo Nuño Domínguez para este periódico el paleoantropólogo Ludovic Slimak, que acaba de publicar El último neandertal (Debate). “Es un libro triste”, explica. Los neandertales controlaban el fuego, pintaban en las paredes de las cuevas —eso que se ha llamado arte rupestre—, tenían sexo y lo tuvieron con nuestros antepasados, y de hecho “hay una pizarra de ADN en los humanos actuales”, explica Slimak. Pero un día fueron poco a poco yéndose, hasta desaparecer del todo.