Cualquiera con un mínimo sentido de la moral debería poder identificar las aberraciones del presente y oponerse a ellas con la voluntad que nos queda

Por definición, una no puede tener acceso a la historia que no sucedió. El pasado está enterrado bajo sedimentos de huesos y palabras, muchos de ellos olvidados; y, aunque a veces se revise o permitamos porosidades con el presente, lo que jamás podremos documentar es lo no ocurrido, pues no dejó improntas investigables. Sin embargo, sí somos capaces de desempolvar las posibilidades de aquel pretérito y, con ello, aprender tal vez de lo que se hizo bien. Uno de los acontecimientos que no hemos experimentado es una masiva guerra nuclear, considerada factible en quienes estaban vivos en los años sesenta del siglo XX. Por qué no pasó lo cuenta Roman Krznaric en Historias para el mañana (Capitán Swing, 2026). Según el politólogo australiano, frente a la tensión global que generó la crisis de los misiles en Cuba, el presidente John F. Kennedy decidió empaparse de las lecciones contenidas en Los cañones de agosto, un ensayo de Barbara Tuchman que narra cada uno de los errores políticos que condujeron a la Primera Guerra Mundial. Esta lectura le influyó tanto que, finalmente, promovió una desescalada, librando al mundo de la que habría sido la peor catástrofe bélica de todos los tiempos. Su gestión más exitosa, poco antes de ser asesinado, fue sin duda salvar a la humanidad o, al menos, contribuir a ello de una manera decisiva.