Conocer el pasado no sirve para evitar repetir errores, pero sí para relativizar el presente. Las gentes pretéritas sabían ver los mismos problemas. Y los cantaban mejor

En el fabuloso programa La taberna del puerto, de Radio Clásica —que justifica por sí solo la misión de servicio público de la cadena y hace más por vivificar el patrimonio cultural español que los presupuestos de diez consejerías autonómicas del ramo—, escucho un número de la zarzuela La condesa de la aguja y el dedal, compuesta en 1950 por el maestro Guridi con libreto de Arozamena y Torrado, que me deja turulato y contentillo. Se titula A pesar del gran invento y desnuda el adanismo contemporán...

eo, pues contiene todos los grandes temas de debate que creemos haber descubierto. Y encima, los resuelve con ironía.

Dice la cantante que aconseja a sus amigos que no vayan en tranvía, “pues la gente se aprovecha de las fuertes apreturas, y te encuentras una mano donde menos te figuras”. Acoso sexual, impunidad, fragilidad de las mujeres expuestas en espacios masificados… Parecen cuestiones del feminismo de hoy, pero ya eran muy familiares para nuestras abuelas. Sigamos con la siguiente estrofa:

“Cuando suben los viajeros, se suelen cruzar saludos, pero luego todos hablan el lenguaje de los mudos”. No había móviles en 1950: ¿Cómo se producía esta alienación? Ya no solo es el tópico de la soledad rodeada de multitudes en la urbe deshumanizada, sino la tan llorada pérdida de los rituales comunitarios. Ahí tienen condensada la mitad del pensamiento de Byung-Chul Han, nueve años antes de que el filósofo naciese en la inhóspita Seúl.