Hace apenas unas semanas, en la necrópolis de Oxirrinco cerca de El-Bahnasa, a 193 kilómetros al sur del Cairo, apareció dentro del cartonnage de una momia un fragmento de la Ilíada, unos versos del “Catálogo de las naves”, del Libro 2. No estaba en una biblioteca ni en un museo: estaba mezclado con vendas, pegamentos y restos funerarios, reciclado como material de embalaje hace más de dos mil años. Un fragmento de Homero convertido en objeto utilitario, degradado hasta casi desaparecer, y sin embargo todavía legible. Eso también es la cultura: aquello que incluso reducido a desecho conserva una potencia de supervivencia. Cultura es lo que no se dejó matar. No lo que fue celebrado, no lo que recibió protección oficial ni suplementos culturales dominicales, sino aquello que atravesó intacto –o más exactamente: mutilado pero vivo– la inclemente intemperie del tiempo. Lo que siguió hablando aun cuando ya no tenía interlocutores evidentes. La cultura rara vez sobrevive gracias a sus contemporáneos. Casi siempre sobrevive a pesar de ellos. Hay generaciones enteras dedicadas a olvidar, a reemplazar, a declarar obsoleto lo anterior con una impaciencia de liquidación de temporada. Cada época cree haber descubierto el modo definitivo de ser moderna, y por eso mira con condescendencia todo lo que no se parece a su propio entusiasmo. Y, sin embargo, ciertas formas regresan. No porque alguien las cultive y las imponga, sino porque contienen una resistencia secreta. Algo en ellas se niega a desaparecer del todo.
Homero entre vendas
Hace apenas unas semanas, en la necrópolis de Oxirrinco cerca de El-Bahnasa, a 193 kilómetros al sur del Cairo, apareció dentro del cartonnage de una momia un fragmento de la Ilíada, unos versos del “Catálogo de las naves”, del Libro 2. No estaba en una biblioteca ni en un museo: estaba mezclado con vendas, pegamentos y restos funerarios, reciclado como material de embalaje hace más de dos mil años. Un fragmento de Homero convertido en objeto utilitario, degradado hasta casi desaparecer, y sin embargo todavía legible. Eso también es la cultura: aquello que incluso reducido a desecho conserva una potencia de supervivencia. Cultura es lo que no se dejó matar. No lo que fue celebrado, no lo que recibió protección oficial ni suplementos culturales dominicales, sino aquello que atravesó intacto –o más exactamente: mutilado pero vivo– la inclemente intemperie del tiempo. Lo que siguió hablando aun cuando ya no tenía interlocutores evidentes. La cultura rara vez sobrevive gracias a sus contemporáneos. Casi siempre sobrevive a pesar de ellos. Hay generaciones enteras dedicadas a olvidar, a reemplazar, a declarar obsoleto lo anterior con una impaciencia de liquidación de temporada. Cada época cree haber descubierto el modo definitivo de ser moderna, y por eso mira con condescendencia todo lo que no se parece a su propio entusiasmo. Y, sin embargo, ciertas formas regresan. No porque alguien las cultive y las imponga, sino porque contienen una resistencia secreta. Algo en ellas se niega a desaparecer del todo.












