Ayer, en la ceremonia de las estrellas Michelin en México, hubo razones para celebrar. Cada año el compromiso de la guía francesa con el país parece un poco más serio, más genuino. Esta edición sumó tres estados fundamentales al mapa de la distinción: Yucatán, Puebla y Jalisco. Son incorporaciones que se sentían pendientes, que le dan a la guía una textura más honesta del territorio gastronómico mexicano.Y sin embargo queda también una sensación agridulce. Porque México no debería estar en el lugar en el que está: arañando reconocimientos, esperando que Michelin descubra un estado más, contando restaurantes en una cifra que sigue siendo mínima comparada con países europeos de menor tradición culinaria. México es una potencia gastronómica de primer orden mundial. Por historia, por diversidad, por profundidad técnica y simbólica. Que algunas guías como el World's 50 Best le hayan preferido dar ese lugar prominente a Perú tiene sus razones, pero en términos de legado e influencia, pocas cocinas en el mundo pueden compararse con la mexicana.El problema no es solo de visibilidad externa. Es de estrategia interna. Los vinos mexicanos siguen siendo relegados de las cartas en el mismo México, poco valorados, casi una curiosidad. Y lo mismo pasa con otras bebidas, otros productos, otras expresiones de una cultura que se desconoce a sí misma desde adentro. Una nación que no cree en sus propios productos difícilmente convencerá al mundo de hacerlo.Pero la gastronomía es solo la entrada. Hay algo más profundo aquí, y el ejemplo de Corea del Sur en las últimas dos décadas es importante. El llamado poder blando coreano —el K-pop, el cine, la comida, las bebidas— no es accidental. Es el resultado de una estrategia deliberada, construida desde el gobierno y con la iniciativa privada, para proyectar una narrativa de país hacia el mundo y convertir esa narrativa en atracción económica, en turismo, en influencia. Perú lo hace también, a su escala, con su gastronomía como estandarte. Hay muchos países que intentan lo mismo. México tiene más materia prima que casi todos ellos y hace menos. No hay una política de diplomacia pública ambiciosa, empujada desde la Presidencia y con el apoyo de los sectores privados y culturales.El caso más obvio es el del cine. México es hoy uno de los países más respetados del mundo en ese arte. Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Diego Luna, Gael García, Salma Hayek, el Chivo Lubezki son nombres que definen el cine global de las últimas décadas. A ellos se suman voces más recientes: Michel Franco, Alonso Ruizpalacios, Tatiana Huezo, Fernando Frías, Gimenez Cacho, Astrid Rondero, Fernanda Valadez, una generación extraordinaria que sigue acumulando reconocimientos internacionales. Y sin embargo, México no existe como país de cine en su propia narrativa oficial. No hay un solo museo del cine moderno. La impresionante instalación de González Iñárritu sobre el desierto y los migrantes no tiene un hogar permanente aquí. El set de Roma no se puede visitar. Las criaturas icónicas de Del Toro no tienen un espacio de exhibición digno y permanente. El Estado mexicano ha mirado para otro lado.Y así con la literatura. Pedro Páramo, Noticias del Imperio, Aura: obras que figuran entre las grandes del siglo XX en cualquier idioma. Y una nueva generación de escritoras —Valeria Luiselli, Fernanda Melchor y muchas otras— que están redefiniendo la narrativa latinoamericana para el mundo. En el mundo de la moda pasa algo similar, Carla Fernandez es celebrada en París, pero en México no hay una política potente de aprovechar estos talentos internacionales para proyectar una visión cultural completa y compleja de México que contraste con la visión de la violencia que ha permeado a nivel internacional. ¿Dónde está la política pública que las celebra, que construye espacios para ellas, que las pone en el centro de una narrativa de país? No existe, o existe de manera tan dispersa que es casi invisible.Hace muy poco, la polémica en torno a la colección Gelman y su partida a España recordó algo que incomoda: si México no es capaz de retener a sus grandes artistas, si Frida Kahlo, Leonora Carrington y Rufino Tamayo tienen que ser preservados y proyectados desde el extranjero, entonces algo falla en la forma en que este país se relaciona con su propio patrimonio.La Ciudad de México y el Valle de Guadalupe son ya centros culturales de talla global, no por decreto sino porque el mundo los eligió. México impone modas y está de moda. El problema es que ese momento, esa ventana, requiere una estrategia coherente donde lo público y lo privado se unan para construir una proyección de país sostenida. Sin esa política, los reconocimientos de Michelin serán bienvenidos, pero seguirán siendo insuficientes. Y México seguirá siendo una potencia cultural que el mundo admira a pesar de sí misma.AnalistaÚnete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
El potencial cultural que México no usa, escribe Emilio Lezama
Una nación que no cree en sus propios productos difícilmente convencerá al mundo de hacerlo. México seguirá siendo una potencia cultural que el mundo admira a pesar de sí misma












