Rara vez se transforma de un día para otro. En muchas relaciones, detalles mínimos generan cada vez más roces. La forma de convivir sigue funcionando y desde fuera puede parecer que no ocurre nada importante. Sin embargo, algunas conversaciones desgastan más de lo habitual. Expresiones que antes apenas tenían importancia generan cansancio o distancia, y ciertos conflictos se vuelven recurrentes.Eso que hace que uno no termine de sentirse del todo bien no responde a un único problema concreto, sino a un cansancio que pasa a afectar a distintas situaciones de la vida diaria.Lo que cambia en la rutina compartidaUna fotografía de recurso de una pareja tras una discusión.Getty ImagesLa investigación en relaciones de pareja ha descrito procesos en los que la percepción del otro se modifica con el tiempo. El psicólogo y experto en relaciones de pareja John Gottman identificó lo que denominó negative sentiment override, una dinámica en la que las experiencias negativas acaban teniendo más peso que las positivas.Situaciones que antes parecían neutras pueden interpretarse de forma más negativa. Comentarios poco claros, silencios... adquieren un significado distinto y contribuyen a reforzar esa idea. Este proceso también se ha relacionado con el llamado sesgo de negatividad: en momentos de tensión, la atención se centra más en los aspectos molestos o conflictivos de la relación.Lee tambiénCuando esto se prolonga, algunas conversaciones se viven cada vez más desde el conflicto o el hartazgo acumulado. Con frecuencia, todo eso no llama la atención al principio. La convivencia continúa y las rutinas se mantienen, pero determinados intercambios generan crispación con más facilidad.El filósofo y ensayista Francesc Torralba plantea que convivir implica pasar de una imagen idealizada del otro a una más realista. En ese tránsito aparecen aspectos que antes no se percibían y que pueden generar fricciones cotidianas. La cercanía diaria deja más expuestas las diferencias de carácter, hábitos o formas de relacionarse que al inicio apenas llamaban la atención.Cómo varía la percepción del otroLos seres humanos seguimos amando, enamorándonos y sufriendo por desamor, es ley de vidaGetty Images/iStockphotoAlgunos especialistas señalan que el mal clima no surge necesariamente de grandes discusiones, sino también de pequeñas variaciones en la manera de percibir y vivir la relación.En muchos casos, el malestar tiene más que ver con la forma en que la pareja interpreta ciertas actitudes con el paso del tiempo que con lo que ocurre. Así lo desarrolla Jesús Matos, psicólogo y coordinador del máster de Psicología Aplicada al Bienestar Integral del Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP), que apunta que algunos gestos cotidianos dejan de percibirse como algo sin importancia, especialmente cuando el desgaste emocional empieza a marcar la relación.Según Matos, este cambio suele aparecer de forma gradual y no necesariamente a partir de grandes discusiones. En muchos casos, se relaciona con pequeños episodios del día a día que se arrastran y terminan afectando a la relación. La falta de atención, ciertos silencios o necesidades que no llegan a expresarse adecuadamente pueden ir generando descontento o desconexión. Cuando la relación se tensa tendemos a dar más peso a los aspectos negativos.El psicólogo afirma además que, con el tiempo, ciertos comportamientos como no llegar a la hora acordada dejan de percibirse como algo puntual y pasan a interpretarse como señales de desconsideración o desinterés. “La irritación deja de estar ligada a situaciones concretas y pasa a convertirse en un estado más persistente”, expone. A partir de ahí, sostiene, acaba condicionando también la manera en que se vive la relación: “cuanto más irritado estoy, más señales interpreto como molestas”.La irritación deja de estar ligada a situaciones concretas y pasa a convertirse en un estado más persistenteJesús MatosPsicólogoMuchas veces, uno de los miembros acaba cediendo a ir a terapia de parejaMiljan LakicNo todas las crisis de pareja surgen a partir de un gran desencuentro Alba y Óscar, de 39 y 43 años respectivamente, llevan más de diez años juntos y están en terapia de pareja desde hace meses. No identifican un momento preciso en el que todo se volviese diferente. “No había grandes enfrentamientos”, cuenta ella, “pero llegó un punto en que todo me molestaba: cómo hablaba, cómo contestaba, incluso cosas a las que antes no atendía”.Él lo describe de otra forma: “Era como si todo lo que hacía estuviera mal, aunque no hubiera conflicto”. Ambos coinciden en que el desgaste no apareció de manera radical, sino que se fue haciendo más presente. “No era un problema determinado, era algo que no nos hacía estar bien y tranquilos”, dice.Con el tiempo, empezaron incluso a evitar algunas conversaciones porque cualquier frase podía terminar generando fricción. A veces bastaba un detalle mínimo para que volviese la tensión. Había días tranquilos en los que una conversación normal terminaba convirtiéndose en una discusión cuando antes no era así. Los dos sentían que, con el tiempo, reaccionaban con más tensión de la que realmente querían, y no entendían cómo llegaban a ese punto. Poco a poco, empezaron a notar que muchas tiranteces ya no tenían tanto que ver con el motivo por el que ocurría, sino con la hostilidad acumulada que arrastraban desde hacía tiempo.No todas las señales de distanciamiento son visibles desde fuera. Puede reflejarse en alteraciones en la comunicación, en la vida en común y en la forma en que la pareja se responde. Lidia Alvarado, psicóloga especialista en pareja, dependencia emocional y relaciones tóxicas, señala que, cuando la relación entra en esta fase, los cambios en la interacción suelen ser muy específicos. Subraya, “aumenta el tono crítico, aparecen comentarios irónicos o despectivos y crece la tendencia a responder a la defensiva”.Las conversaciones se vuelven más incómodas y menos cuidadas. Se escucha peor y muchos choques terminan girando alrededor de los mismos reproches. Al mismo tiempo, refiere, “se reducen las expresiones de afecto y reconocimiento y la comunicación se vuelve más funcional que emocional”, centrada en lo práctico del día a día.Ese deterioro se nota también en lo cotidiano. Momentos pierden interés real, determinados temas dejan de compartirse para evitar críticas y la rutina diaria se vuelve más distante, con escenas como terminar la cena pendiente del móvil en vez de hablar. Acciones ambiguas pasan a leerse desde el malestar que viene de atrás (“ni siquiera me ha preguntado cómo estoy, pasa de mí”) y los pequeños desencuentros se acumulan hasta generar un clima menos cercano, en el que cada uno parece empezar a ir más por su lado.Hay parejas que describen esta etapa como una convivencia cada vez más tensa, en la que cualquier intercambio termina pesando más de la cuenta y las conversaciones dejan de sentirse igual que antes.Licenciada en pedagogía por la Universidad de Santiago de Compostela, 2006.Redactora de contenidos, y autora de los libros 'Mommy amor en uso', sobre maternidad y embarazo, y 'Mamá…¡Teta!' de lactancia materna
“Ya todo me molesta”: ¿qué hacer en una relación cuando cualquier gesto del otro empieza a pesar?
La irritación no suele aparecer de golpe: aquello que antes pasaba desapercibido puede irse complicando. Entender qué hay detrás de ese cambio ayuda a comprender cómo termina afectando a la convivencia diaria













