Superada la fase de la primera atracción y su consecuente pasión, empezar una vida en común puede ser frustrante. Las parejas que se mantienen tienen en común estos cinco factores.

Lo decía Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito: “Amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”. Alcanzar esa mirada compartida requiere tiempo y un descubrimiento pausado del otro. Hay historias de amor que florecen casi sin esfuerzo; otras, en cambio, no acaban de encajar o se marchitan tras la primera etapa de atracción. ¿De qué depende esa diferencia? Enamorarse puede parecer sencillo —Helen Fisher, antropóloga y una de las mayores expertas en el amor, diría que se trata de un

_850215.html" data-link-track-dtm="">flechazo químico—. Pero lograr que una relación perdure es mucho más complejo. Es el resultado de un proceso emocional, biológico y, sobre todo, cotidiano, en el que, según la ciencia, intervienen cinco grandes factores:

1. La intimidad va más allá de la cercanía física: se alcanza cuando el otro se convierte en nuestro refugio emocional. A veces se traduce en gestos simples: que nos escuche sin juzgar cuando hemos tenido un mal día, que sepa cuándo necesitamos hablar y cuándo preferimos silencio. La intimidad brinda una base segura y se alimenta de la confianza mutua, la complicidad y una amistad sincera. Según la teoría del apego, quien crece con un vínculo afectivo seguro en la infancia —y no con uno evitativo o ansioso— está mejor preparado para construir esa intimidad en la edad adulta, porque algo interno ya le predispone a confiar en el otro. Cuando ese vínculo íntimo falla, la relación se vuelve un lugar inhóspito. Cuesta abrirse emocionalmente, no nos sentimos vistos y, lo que es peor, aparece una incómoda soledad, incluso estando acompañados. Podemos compartir la misma cama y, aun así, sentirnos a kilómetros de distancia.