Imagina que eres un hombre joven y tienes la suerte de encontrar muy pronto al amor de tu vida. Es una chica estupenda, y cuando estás a su lado sientes cómo tus mejillas se sonrojan y tu corazón late más deprisa. Tras unos meses de cortejo, comenzáis a salir juntos. En un par de años os casáis y muy pronto tenéis una hija. Dos años después, nace vuestro hijo. Ese niño es la alegría de tu vida, y cada día antes de ir al trabajo (también tienes un magnífico empleo) entras en su habitación y juegas con los dos críos. Un día, mientras descansas en el sofá, notas algo raro en la lámpara del salón. La ves en tres dimensiones, pero algo no encaja, está como invertida. Es una lámpara de base cuadrada con la pantalla blanca y no puedes apartar la vista de ella. Pasas toda la noche mirándola. Por la mañana no vas al trabajo porque sigue habiendo algo raro en esa luz. Vigilante, empiezas a no levantarte del sofá para nada, ni siquiera para comer o beber algo. A los tres días, tu mujer está tan preocupada que se lleva a los niños a casa de la abuela. Entonces, se abre una brecha en tu conciencia y tienes una epifanía: entiendes que la lámpara no es real. Y, por lo tanto, tu casa tampoco es real, ni tu mujer, ni tus niños. Los últimos 10 años de tu vida no han sido reales.
La teoría de la lámpara
Cuando observo la actualidad ya no busco brechas extrañas, sino trazas de normalidad. Es el nuevo orden mundial






