Hay trabajos, como el de cirujano, que no dan pistas sobre el carácter de quienes lo ejercen, y otros donde queda expuesta la personalidad de cada uno. A veces, es fácil hacerse una idea de cómo es, por ejemplo, un columnista por los temas que elige, es decir, qué le indigna o le conmueve, sus filias y fobias y por los términos que escoge para dar su opinión —expresarse es desnudarse poco a poco—. Ocurre también en un periodo de tiempo aparentemente tan corto como 90 minutos, la duración de un partido de fútbol, y especialmente con el que no salta al césped: el
k-track-dtm="">entrenador.
Una alineación es una declaración de intenciones y en el deporte solo hay dos: ganar —lo que implica arriesgarse a perder— o empatar, es decir, encerrarse atrás, dejando arriba un último mohicano de coartada por si suena la flauta. Hoy, durante las retransmisiones, nos ofrecen porcentajes de tiempo de posesión del balón; mapas de calor de las zonas más frecuentadas del campo; aciertos y errores en los pases; distancias recorridas por cada jugador…, pero el dato fundamental es el 11 titular, una especie de resonancia de la cabeza del míster que nos permite ver cuánto espacio ocupa el miedo y cuánto la ambición. También si es un hombre creativo al que le gusta construir, o un conservador que se conforma con intentar arreglar el partido cuando todo se tuerce; si es arrogante o si es capaz de admitir la posibilidad de haberse equivocado.






