La Navidad suele venir acompañada de situaciones impuestas y expectativas irreales que pueden provocar estrés y tristeza. Aunque a veces sean inevitables, los psicólogos avisan de que este no suele ser el mejor momento para resolver conflictos
Una herencia que se complicó, un agravio de hace años que no ha terminado de cicatrizar, ligeros desacuerdos que podrían escalar, la organización de las propias fiestas o, simplemente, algunas bromas sin gracia que empiezan a causar incomodidad. Los motivos por los que una cena de Navidad puede torcerse son infinitos, y el alcohol y cierta euforia característica de las fechas no ayudan. Tampoco los deseos e ideales que hemos construido, a veces durante meses, sobre unas celebraciones durante las que cualquier desliz tiende a amplificarse.
“No son estas las Navidades que yo quería”, exclama Enid, desolada, al final de Las correcciones. Esta obra de Jonathan Franzen es, quizá, la última “gran novela americana” y, sin duda, el libro que mejor recoge todo lo que puede fallar durante una Nochebuena familiar. Enid tiene 75 años y, a la vista del deterioro de la salud de su marido, ha estado planeando desde marzo unas “últimas Navidades” junto a sus tres hijos adultos y sus nietos. El libro recoge los meses previos a la reunión y termina con un desastre más que anunciado. Allí todos son, en parte, responsables de la situación triste y cruel que han generado, incluida la propia Enid, quien desde el principio impuso a los demás unas expectativas muy poco realistas.















