El entusiasmo de los adultos en estas fechas puede desbordar a los menores, confundiendo el cariño con consumo. Recibir una cantidad ingente de presentes provoca en el menor irritabilidad, dispersión y dificultad para concentrarse
El salón amaneció cubierto de regalos. Era un 6 de enero y el suelo parecía un mosaico de colores: muñecos por liberar del embalaje, juegos con las instrucciones sin abrir y papeles brillantes arrugados por todas partes. Entre ese pequeño caos festivo se movía Martín, entonces de 7 años, saltando de un regalo a otro como quien pisa charcos luminosos. Cinco minutos con un robot. Dos con un coche teledirigido. Un vistazo al libro de dinosaurios. Su madre, María Eugenia (Madrid, 45 años), lo observaba desde la puerta. “A media mañana ya no sabía con qué jugar. Y tampoco sabía cómo calmarse”, recuerda. “Los Reyes le hicieron tres regalos. Pero luego vinieron los de mis padres, mis suegros, mis hermanas, su padrino… y ahí se perdió”.
La escena se repite en muchos hogares españoles. Y revela una paradoja: cuando los regalos de Navidad se multiplican, la magia puede diluirse. No por falta de cariño, sino por exceso de estímulos. “Confundimos cariño con consumo”, señala la psicóloga infantil Úrsula Perona, que advierte que muchos adultos sienten que cuantos más regalos hagan, más compensarán el tiempo que no han tenido. “Pero funciona justo al revés: cuantos más regalos, más difícil es que los niños valoren lo que reciben. Se genera una especie de ruido emocional que tapa la verdadera experiencia navideña”.








