La participación de los menores en la organización de estas fechas fortalece habilidades como la planificación, la toma de decisiones y el autocontrol

En la infancia, determinadas celebraciones incluyen un tiempo previo marcado por gestos repetidos y actividades compartidas. Marcar los días en un calendario, escribir la carta a Papá Noel o los Reyes Magos y colocar el primer adorno son algunas de las prácticas que acompañan las navidades. Como recuerda Saint-Exupéry en El Principito, “es el tiempo que has perdido por tu rosa lo que hace que tu rosa sea tan importante”. En un contexto en el que muchas cosas suceden de forma inmediata, estos preparativos son parte esencial de la organización de las fechas navideñas.

Según apunta Marta Portero Tresserra, profesora titular y coordinadora de la Unidad de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona, una parte crucial de la ilusión navideña se explica por un mecanismo muy básico del cerebro infantil: la anticipación. Y añade que la antesala de un día especial activa el sistema dopaminérgico y genera motivación: “Los rituales familiares, repetir tradiciones todos los años, actúan como señales que mantienen viva la ilusión”.

Portero indica que esa repetición también da algo esencial a los niños como es la previsibilidad: “Saber qué pasará reduce el estrés y aumenta la sensación de control”. “La participación en los preparativos fortalece habilidades como la planificación, la toma de decisiones y el autocontrol”, prosigue la experta, “los rituales crean un entorno estable que fortalece la cohesión familiar y facilita la consolidación de recuerdos positivos”. Para que cumplan esa función, afirma, “basta con evitar el exceso de expectativas, el perfeccionismo y la sobreestimulación”.