Compartir experiencias con los niños, disfrutar de una tarde de juegos o leer juntos un cuento puede ser el recuerdo que siempre perdure y el mayor presente que podemos ofrecer y recibir
Acompañar la Navidad de los hijos nos traslada indudablemente a nuestras propias Navidades de niños.
les-durante-los-veranos-en-familia.html" data-link-track-dtm="">Esos recuerdos en familia que, casi sin quererlo, traen a la mente el olor de aquella receta que siempre preparaba la abuela para la comida de Navidad o aquel disco de villancicos que sonaba sin cesar cada año. E incluso el recuerdo de aquel vestido precioso que picaba al ponértelo, pero era tu mejor gala para celebrar la Nochevieja en familia.
Las Navidades han cambiado mucho —y eso que de esos recuerdos solo han pasado dos o tres décadas— porque la sociedad avanza muy deprisa y nos empuja a montarnos en un tren que, a veces, no nos hace felices. El bombardeo continuo de planes y compromisos navideños, la necesidad de cumplir con tantos objetivos para poder presumir de estar viviendo la mejor Navidad de nuestras vidas y el continuo consumismo están dejando de lado el verdadero propósito de estas fiestas.
Más allá del significado religioso, la Navidad pretende ser un momento de reflexión, de encuentro, de gratitud, donde poder poner en práctica todos aquellos valores en los que se cimienta la familia. Los niños —y los adultos— no necesitan de una fuente inagotable de estímulos para vivir de un modo apasionante y feliz estas fechas. Es decir, lo material nunca debe suplir a lo emocional. Se trata de cambiar el foco del “necesitar” al “desear” y del “tener” al “ser”.






