Mantener la ilusión infantil de esta tradición social navideña basada en los regalos no tiene por qué considerarse un engaño, pero si no se responde a preguntas directas, puede llevar a los menores a la desilusión y la desconfianza
El periodo navideño es para los padres uno de los más emocionantes y divertidos del año, pero también de los más estresantes. Con los niños en casa de vacaciones y muchas comidas y cenas que preparar, en apenas un par de semanas también hay que pensar, comprar, envolver y esconder regalos, para sacarlos durante la noche, a oscuras y con mucho sigilo, y colocarlos donde la tradición familiar indique: debajo del árbol, en la entrada de casa, junto al Belén… Todo para mantener un secreto que, desde que comienza, tiene los días (años) contados. Un secreto que, para algunos padres, es además una forma de engaño, incluso cuando son bebés.
“Cuando nació mi hijo, hace 19 años, muchas familias teníamos dudas sobre este tema. Por una parte, nos parecía una tradición bonita, pero por otra nos sentíamos mal orquestando un engaño global”, afirma Armando Bastida, enfermero pediátrico y fundador de Criar con sentido común, una plataforma online para la crianza respetuosa. “Llamemos a las cosas por su nombre: los Reyes Magos, Papá Noel, el Tió, el Olentzero, el Ratoncito Pérez... tal y como se los presentamos a los niños pequeños, forman parte de una fantasía que los adultos sostenemos colectivamente. Y, por tanto, sí, es una mentira”, dice Bastida. Pero también puntualiza que no todas las mentiras son iguales: “No es lo mismo mentir para manipular, controlar o asustar, que para participar en una tradición cultural cargada de simbolismo, ilusión y emoción”.









