La historia de unos dignatarios que siguen una estrella para deponer su poder ante un niño vulnerable es una ficción tan hermosa que, 20 siglos más tarde, nos hace hacer algo bueno

Todos los años por estas fechas escribo una breve defensa de la verdad de los Reyes Magos. De la verdad, sí. La verdad tiene dos enemigos: la mentira y la fuerza. Lo contrario de la mentira es la ficción; lo contrario de la fuerza es el Derecho....

Lo contrario de la mentira es la ficción, que nos permite precisamente conocer, y a veces transformar, la realidad. Quiero decir —he dicho otras veces— que el rey Lear es más verdadero que el rey Juan Carlos y la reina Titania más verdadera que la reina Isabel II. Los Reyes Magos, por su parte, son aún más verdaderos que el rey Lear y la reina Titania porque, además de articular un extraordinario relato literario, son performativos o, lo que es lo mismo, activan una performance de participación “universal” en la que los humanos somos, al mismo tiempo, lectores, narradores, protagonistas y beneficiarios. La historia de unos reyes que siguen una estrella para deponer su poder ante un niño vulnerable es una ficción tan hermosa que, 20 siglos más tarde, nos hace hacer algo y nos hace hacer algo bueno. Ahora bien, ¿podemos seguir creyendo en la ficción, y en su capacidad para señalarnos la realidad, en un mundo gobernado por la fantasía? ¿En un mundo en el que Trump borra todos los días la diferencia entre la realidad y la fantasía?