Acabamos el día cansados, la paciencia se ha agotado y la energía está por los suelos. Sin embargo, si echamos un vistazo al día que acaba de pasar, no hay horas en el gimnasio, ni un esfuerzo físico extenuante que explique este cansancio. Muchas veces, esta debilidad progresiva no tiene que ver con la cantidad de cosas que hacemos, sino que se asocia más a lo que pensamos, planificamos, recordamos, decidimos y gestionamos.
Esta tensión invisible tiene un nombre. Hablamos de carga mental, es decir, el trabajo invisible que mantiene la vida en marcha: recordar, anticipar, organizar, resolver problemas, además de llevar una jornada laboral, una interminable e invisible lista de tareas pendientes que vive en nuestra cabeza.
No solo cansa hacer las cosas, sino también pensarlas
El agotamiento mental surge al tener que gestionar múltiples tareas que rara vez aparecen en la lista de cosas pendientes. La responsabilidad implícita es recordar fechas límite, planificar comidas, controlar las emociones y tomar un sinfín de pequeñas decisiones antes del mediodía. Es una sobrecarga cognitiva disfrazada, y es por ello que sentimos la necesidad de un descanso, incluso cuando sentimos que no hemos hecho gran cosa.











