A simple vista, los sillones en los que se sentaban los dos hombres más poderosos del mundo para compartir un té en los pabellones de Zhonghnanhai, la inaccesible residencia de los dirigentes chinos, parecían idénticos. Pero no: en su butaca el anfitrión, Xi Jinping —de menor estatura—, se veía sobre su cojín varios centímetros más alto que su invitado, Donald Trump. En el último acto público de ambos antes de concluir una cumbre que ha copado la atención del mundo, el presidente chino miraba al estadounidense desde arriba; el republicano parecía hundido en su asiento.La óptica siempre ha sido fundamental en la relación entre Estados Unidos y China. Washington tuvo durante décadas buen cuidado en proyectar una imagen de superioridad, para frustración de Pekín: quizá el meme más célebre sea el que compara la pareja formada por un esbelto Barack Obama y un orondo Xi Jinping durante un paseo con los personajes del osito rechoncho Winnie-the-Pooh y su amigo el burro Ígor. Pero ahora, en Pekín, y con un Trump en todo momento deferente ante su anfitrión en gestos y en palabras —“es un hombre por el que siento mucho respeto”, “un verdadero amigo”—, esta esperadísima cumbre ha enviado un mensaje muy distinto: las dos potencias ya se ven, como mínimo, en posición de igualdad. Y China se considera en ascenso. La incógnita a resolver en los próximos tiempos es qué consecuencias tendrá eso para el resto del planeta: para Taiwán; para los aliados estadounidenses en Asia; para la guerra en Irán; para el comercio global. Para los derechos humanos sí parece ya clara: a diferencia de sus predecesores en el cargo, Trump no sacó a relucir en público la situación en China. Establecido este trato entre iguales, han sellado una entente cordial y dado por finiquitadas las confrontaciones de los últimos tiempos. Trump anunció que espera a Xi en Washington el 24 de septiembre. La apuesta de ambos es, en la fórmula planteada por el líder chino y que suaviza la premisa de coexistencia entre las potencias de la Guerra Fría, la “estabilidad estratégica constructiva”.“Esta visita puede considerarse un hito”, aseguraba Xi en los jardines de Zhongnanhai, tras haber ofrecido a su invitado unas semillas de rosas para sembrar en los jardines de la Casa Blanca, donde Trump ha reemplazado la célebre rosaleda por un patio de cemento. “Me encanta”, contestaba el estadounidense. Mucho simbolismo, poca sustanciaDurante dos días, en una cumbre que ambos describieron como “histórica”, hubo de casi todo: una recepción militar de altos vuelos a los pies del Gran Salón del Pueblo, emotivos discursos en el banquete, un paseo de porte imperial por el Templo del Cielo y una exhibición de cercanía en Zhongnanhai. Lo que faltó, en gran medida, fueron grandes acuerdos. No hubo una firma oficial de convenios. Ni anuncios de pactos concretos en una comparecencia conjunta. La cumbre ha sido “abundante en simbolismo, pero escasa en sustancia”, resume Evan Medeiros, antiguo responsable para Asia en el consejo de Seguridad Nacional de Barack Obama y ahora en la Universidad Georgetown.Los dos líderes compartieron mucho tiempo juntos, casi nueve horas, según el Gobierno chino. Pero Xi no perdió ni un minuto en lanzar el jueves, en los primeros instantes del intercambio inicial de palabras, su idea del gran juego geoestratégico: “¿Podrán China y Estados Unidos superar la llamada “trampa de Tucídides” y abrir un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?“, le preguntó a Trump abiertamente.El concepto, que toma el nombre del cronista de la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, fue acuñado en 2012 por el politólogo estadounidense Graham Allison para explicar la rivalidad entre una potencia hegemónica (Estados Unidos) y otra en ascenso (China). De seguir la trayectoria, argumenta, el estallido de un conflicto bélico entre los dos países en las próximas décadas no solo es posible sino probable.“Como las dos principales economías del mundo, China y Estados Unidos no pueden vivir la una sin la otra. Si cooperan, se beneficiarán [...] y si pelean, se dañarán mutuamente. La confrontación está destinada a ser un desastre para los dos países y el mundo”, ahondaba sobre el nuevo concepto Wang Yi, ministro de Exteriores chino, el viernes en una comparecencia ante los medios. El veterano jefe de la diplomacia china acababa de acompañar a Tump al aeropuerto. A los pies del Air Force One pasaron unos minutos conversando, y el estadounidense se despidió con las manos en sus hombros: el gesto público más caluroso de toda la visita. La fórmula de la estabilidad estratégica, apunta Medeiros, “tiene un cierto aroma a G-2”, el concepto de que las dos potencias son igualmente poderosas, se encuentran por encima de los demás países y deben resolver entre ellas problemas mundiales. “Eso es exactamente lo que China quiere: ver el mundo con esta idea de que Trump y Xi van a empezar a establecer un orden global. Le irán dando impulso a esa idea mientras Xi viaja a Washington en septiembre”, apunta el académico.Los dos líderes tenían claro lo que querían conseguir de la visita. Trump viajaba con la esperanza de anunciar grandes acuerdos comerciales. Y, empantanado en una guerra contra Irán que lastra su popularidad a seis meses de las elecciones de medio mandato, aspiraba a persuadir a su homólogo de que presionara a Teherán y conseguir que la República Islámica aceptara un acuerdo de paz en los términos estadounidenses.Xi dejó claro, desde el primer momento, que su prioridad era uno de los grandes puntos calientes del planeta: Taiwán; e intentar arrancar a su invitado un cambio en la posición de Washington hacia la isla de régimen democrático, a la que la Casa Blanca presta ayuda militar y a la que Pekín considera parte inalienable de su territorio. En su primera reunión con Trump, el jueves, advertía que toda la relación bilateral dependía de la actitud hacia la isla. Habría “choques, incluso conflictos” con Estados Unidos si las discrepancias no se gestionaban correctamente, declaraba.Los primeros indicios apuntan a que Trump ha estado abierto al mensaje de Xi. En declaraciones a su regreso, a bordo aún del avión presidencial, el presidente estadounidense ponía en duda que vaya a aprobar un paquete de asistencia militar a Taiwán valorado en 14.000 millones de dólares y pendiente desde principios de año. En una entrevista a la cadena de televisión Fox, grabada en Pekín y emitida el viernes por la noche, reconocía que habló con su anfitrión “muchísimo” sobre Taiwán. Y advertía a la isla contra cualquier intento de declarar formalmente su independencia. “No estoy buscando que alguien vaya a declararse independiente”, subrayaba. Aunque aseguraba que la posición de Estados Unidos —que, estratégicamente, nunca ha dejado claro si enviaría a sus tropas en ayuda de Taiwán en caso de invasión— no ha cambiado, sus palabras no resultaban alentadoras para el Gobierno de William Lai Ching-te: “Lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra a 9.500 millas”, dijo Trump en el Air Force One. En su entrevista para Fox, incidía en esa idea: “Se supone que viajaríamos 9.500 millas para combatir en una guerra. No busco eso. Quiero que se calmen los ánimos. Quiero que China calme sus ánimos”. El republicano trae de vuelta unos acuerdos comerciales menos espectaculares de los que esperaba. En un viaje en el que le acompañaron los pesos más pesados del tejido empresarial estadounidense, anunció que China compraría unos 200 aviones Boeing, muchos menos de los 500 con los que se había conjeturado a su partida.Los dos países, según ha confirmado Wang, han acordado establecer un consejo de comercio y otro de inversiones ―organismos poco específicos de momento destinados a estructurar las negociaciones económicas―, por los que Washington había empujado especialmente. No se habló de los controles chinos a la exportación de sus minerales críticos y tierras raras, que Pekín utilizó con éxito el año pasado para forzar a Estados Unidos a ceder en su guerra comercial.En el asunto de Irán, Trump no logró un compromiso claro. Xi no hizo ninguna referencia explícita a la guerra en sus apariciones públicas, y las lecturas oficiales de los encuentros ofrecidas por China solo recogen de forma vaga que trataron asuntos internacionales, entre ellos la situación de Oriente Próximo. Wang, ante los medios, reiteró la postura que Pekín ha defendido desde el primer momento, sin dar muestras de que la presión estadounidense haya cambiado realmente la melodía en el Gobierno chino. Pidió diálogo, contención y aprovechar el alto el fuego. “China alienta a los Estados Unidos e Irán a continuar resolviendo diferencias y contradicciones, incluida la cuestión nuclear, a través de negociaciones”y “aboga por la reapertura del estrecho de Ormuz”. Se ofreció a seguir trabajando para restaurar la paz. Es uno de los indicios de que ese reseteo en la relación, esa “estabilidad estratégica”, tiene muchos límites. Y que, detrás de la profusión de elogios y de sonrisas, de agasajos y de brindis, siguen imperando la desconfianza mutua y el deseo de quedar el uno por encima del otro. En las últimas fotos juntos, China conseguía que Xi se viera un poco por encima de Trump. En el aeropuerto de Pekín, a punto de embarcar en el Air Force One, los miembros de la comitiva estadounidense se paraban un momento al pie de la escalerilla para arrojar objetos a un contenedor, muchos de ellos regalos entregados a la delegación estadounidense, aún en sus envoltorios de color rojo, símbolo de la felicidad y la buena suerte en la tradición china. Las órdenes del servicio secreto eran claras: cualquier cosa, por nimia que fuera, que los estadounidenses hubieran recibido de manos chinas debía tirarse a la basura. Sin excepción.