Sin resultados tangibles ni declaraciones vinculantes, una cumbre entre las dos mayores superpotencias, una ascendente y otra en declive, puede marcar un hito histórico y un éxito de imagen para sus protagonistas, como ha sucedido esta semana con el viaje de Estado de Donald Trump a China, invitado por Xi Jinping. Convertida en un momento de conciliación en las relaciones entre ambos países, la reunión pretendía cerrar una larga etapa de creciente rivalidad estratégica, competencia tecnológica y comercial, y desencuentro diplomático. Las tensiones de esta etapa ya empezaron con el presidente Barack Obama, se intensificaron con Joe Biden y mutaron en una desastrosa guerra arancelaria con Trump, luego derrotado tanto por los tribunales de su país como por la capacidad coercitiva de China mediante las restricciones a la importación de tierras raras.China y Estados Unidos estaban interesados en pasar página con una cumbre que escenificara el deshielo, aunque estuviera vacía de contenidos. Sin acuerdos en ninguno de los asuntos conflictivos que les separan, ambos países se han querido presentar como el binomio director del mundo en un momento de especial desorden y de eclipse europeo. Una especie de G-2 para sustituir al G-7, al garantizar una “estabilidad estratégica constructiva”, según el concepto enunciado por la parte china. Con tal imagen, Xi consigue presentarse en pie de igualdad con Trump, mientras que este intenta maquillar la cadena de estrepitosos fracasos internacionales de su segunda presidencia, desde la derrota en la pugna arancelaria y comercial hasta las catastróficas consecuencias de sus pésimos cálculos en la guerra contra Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz.Trump necesitaba encarar los próximos meses con algún tipo de triunfo escenográfico que solo China podía ofrecerle. Estados Unidos se dispone a celebrar el 250º aniversario de la Declaración de Independencia con un presidente derrotado o en retroceso en todos los frentes exteriores, y en el frente interior el trumpismo republicano ve peligrar sus mayorías en las dos Cámaras en las elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre. La segunda presidencia de Trump ha sido excelente en la destrucción del Estado administrativo y del orden internacional, pero pésima en las alternativas, ni siquiera en cuanto a las treguas y los acuerdos de paz exhibidos por el presidente, que no se han producido o apenas han funcionado.La guerra en Oriente Próximo, violentamente enquistada en Irán, Gaza y Líbano, es la expresión más diáfana de la impotencia del presidente de EE UU en la resolución pacífica de los conflictos, en los que los únicos deals o acuerdos que funcionan son aquellos que proporcionan jugosos beneficios a la familia Trump y a su entorno. Tal regla ha actuado como un reloj en la organización del viaje presidencial a Pekín con un cortejo de directivos de las empresas tecnológicas punteras en las que ha invertido la familia presidencial. El viaje se ha cerrado con espectaculares aunque inciertos anuncios de venta a China de aviones Boeing, soja y petróleo, mientras que son grandes las expectativas de negocios con China y los beneficios obtenidos por la casta trumpista de sus operaciones con las empresas representadas en el viaje.Xi Jinping no se ha conformado con la victoria reputacional proporcionada por la visita de Trump. Nada más llegar Trump a Pekín, el presidente chino marcó el objetivo y la línea roja a Trump respecto a la anhelada anexión de Taiwán por parte de China. Ni una sola palabra salió de su boca o de los comunicados oficiales del Gobierno chino que signifique una sombra de apoyo a Estados Unidos respecto a Ormuz o la desnuclearización de Irán. Al contrario. Con la máxima elegancia, le ha dicho a Trump que la guerra de Irán nunca debió empezar. No ha recibido a cambio ni una observación, al menos pública, sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen comunista en Xingjiang o la represión contra la oposición democrática de Hong Kong.La diplomacia trumpista, tan pródiga en halagos y exageraciones hacia los rivales como en desprecios y humillaciones hacia los aliados, es una moneda devaluada que nadie puede tomar en serio. Ni siquiera Xi Jinping, aunque la cumbre chino-estadounidense haya revelado la admiración inocultable del presidente del país que había sido espejo de la democracia hacia la mayor autocracia del planeta y su máximo dirigente. Justo cuando Estados Unidos declina y China aspira a relevarlo como primera superpotencia del siglo XXI.
Xi y Trump, un duopolio global
El líder chino aprovecha la debilidad del presidente de EE UU para situarse en pie de igualdad con la primera potencia mundial












