La cumbre entre ambos mandatarios marca otro paso en el ascenso de China como superpotencia y el declive de EE UU

Solo un peldaño. Uno más en el paulatino ascenso de China y el brusco descenso de Estados Unidos. Imperceptible en la pompa y circunstancia, pero transparente en boca de los protagonistas. Donald Trump se ha deshecho en elogios de Xi Jinping, pero Xi Jinping se ha deshecho en elogios de las relaciones entre Estados Unidos y China. Sin exigencias preliminares del obsequioso presidente de Estados Unidos, atento solo a los negocios y desinteresado por los derechos humanos, y solo una línea roja marcada por el sobrio presidente chino al empezar la cumbre. Roja como un semáforo que señala “una situación extremadamente peligrosa”: ¡Cuidado con Taiwán!

Según el profesor de Yale e historiador de la Guerra Fría Odd Arne Westad, el estatus disputado de la isla ofrece “la posibilidad real de una guerra entre China y Estados Unidos en la próxima década”. La amenaza preventiva de Xi no parece dirigida a disuadir a alguien como Trump, a quien poco le inquieta el futuro de Taiwán, a diferencia de Joe Biden, que reconoció abiertamente su compromiso de defender la isla en caso de una invasión china. Más bien ha sido la exhibición de una baza para obtener del presidente estadounidense alguno de esos acuerdos transaccionales que tanto le gustan. La Casa Blanca no la ha utilizado de momento vez para exigir de China alguna contrapartida política, como un mayor compromiso en la apertura del estrecho de Ormuz o en el desarme nuclear de Irán, aunque no cabe descartar que no la aproveche en el futuro.