Análisis Exclusivo suscriptores Mientras que el presidente chino lanzó una advertencia directa sobre Taiwán, Trump pareció darle la razón a quienes hablan del declive estadounidense.La cumbre de esta semana en Pekín dejó más simbolismo que acuerdos con Irán y Taiwán como protagonistas de las tensiones entre las potencias. Foto: AFP / EL TIEMPO15.05.2026 23:01 Actualizado: 15.05.2026 23:01
La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín de esta semana terminó siendo muchas cosas al mismo tiempo. Un encuentro histórico entre los líderes de las dos mayores potencias del planeta. Una gigantesca puesta en escena para proyectar estabilidad entre dos rivales que vienen de años de confrontación. Y también una reunión donde, pese a los enormes temas sobre la mesa -la guerra con Irán, Taiwán, la inteligencia artificial, el comercio y el futuro del orden global- hubo más simbolismo y retórica que resultados concretos. LEA TAMBIÉN Durante dos días, Trump y Xi se deshicieron en elogios públicos, hablaron de “estabilidad estratégica”, se trataron como pares y enviaron señales de que ninguno quiere una ruptura.Pero detrás de las sonrisas y los banquetes, también quedó claro que la rivalidad entre ambos países sigue intacta y que, en algunos frentes, incluso podría estar entrando en una nueva etapa.El componente ceremonial de la cumbre fue gigantesco desde el primer minuto. Trump se convirtió en el primer presidente de EE. UU. en visitar China en casi una década, y Xi Jinping aprovechó la ocasión para organizar una recepción cargada de simbolismo imperial y geopolítico.Hubo salvas de cañón, bandas militares, niños ondeando banderas de ambos países y recorridos cuidadosamente escogidos para transmitir la idea de la continuidad histórica de China como civilización y potencia global. Xi llevó a Trump al Templo del Cielo, uno de los complejos más emblemáticos de Pekín y símbolo del poder imperial chino durante la dinastía Ming.Los periódicos abrieron este viernes con una fotografía de Trump y Xi. Foto:AFPMás tarde ofreció una fastuosa cena de Estado en el Gran Palacio del Pueblo y luego lo recibió en Zhongnanhai, el complejo amurallado donde opera la dirigencia del Partido Comunista.Xi incluso explicó que escogió ese lugar para corresponder a la visita que Trump le hizo en 2017 a Mar-a-Lago, en Florida.Todo estaba diseñado para enviar un mensaje. China ya no se ve a sí misma como una potencia secundaria sino como un actor equivalente a EE. UU. Un igual.Usted es un gran líder. (...)Es un honor ser su amigoDonald TrumpPresidente de Estados UnidosY Trump, en gran medida, pareció aceptar ese libreto.“Usted es un gran líder”, le dijo públicamente a Xi. “Es un honor ser su amigo”.Xi, mucho más medido, evitó caer en la adulación personal. Pero sí habló repetidamente de construir una relación estable en la que EE. UU. puede ser Grande Otra Vez (Make America Great Again) sin frenar la expansión de su país.El tono, en cualquier caso, contrastó con años de tensión abierta por guerras comerciales, restricciones tecnológicas, sanciones y choques diplomáticos.Incluso Trump invitó a Xi a la Casa Blanca para una nueva reunión el próximo 24 de septiembre, en señal de que ambas partes quieren mantener abierto el canal político al más alto nivel. LEA TAMBIÉN La realidad detrás de la pompa y el protocoloPero detrás de toda la pompa apareció rápidamente la realidad. Trump llegó a Pekín acompañado de una enorme delegación de empresarios y funcionarios de alto perfil. En el avión presidencial viajaban figuras como Elon Musk, el director ejecutivo de Nvidia, Jensen Huang; el secretario de Estado, Marco Rubio; el jefe del Pentágono, Pete Hegseth; y el representante comercial, Jamieson Greer.La composición del grupo reflejaba las prioridades reales de Washington. Tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, mercados y acceso económico.Tesla depende enormemente de su fábrica en Shanghái. Nvidia está en el centro de la carrera global por la inteligencia artificial y también en el corazón de las restricciones tecnológicas que EE. UU. ha impuesto a China.Donald Trump brinda durante un banquete de Estado con el presidente chino Xi Jinping. Foto:AFPLa presencia de Huang, que ni siquiera figuraba originalmente en la lista oficial de invitados, alimentó las especulaciones de que el tema tecnológico ocupó mucho más espacio en las conversaciones privadas de lo que ambos gobiernos admitieron públicamente.Pese a que el presidente habló de “fantásticos acuerdos comerciales” y aseguró que China invertiría “cientos de miles de millones de dólares” en EE. UU., al final, casi nada de eso se materializó.El principal titular económico fue la afirmación de Trump de que China compraría 200 aviones Boeing, lo que representaría la primera gran adquisición de aeronaves estadounidenses por parte de Pekín en casi una década.Pero incluso eso quedó en duda.China nunca confirmó oficialmente la cifra y el propio gobierno chino evitó referirse directamente al tema cuando fue preguntado por la prensa. Boeing tampoco emitió una validación inmediata del supuesto acuerdo y la mayoría de analistas se declararon decepcionados por la ausencia de resultado tangible en agricultura, manufactura o inversiones. LEA TAMBIÉN En realidad, el logro más concreto parece haber sido la decisión implícita de mantener viva la tregua comercial alcanzada entre ambos países en octubre del año pasado.Ese acuerdo había frenado una peligrosa escalada tras los fuertes aranceles impuestos por Trump a comienzos de 2025 y las amenazas de China de restringir las exportaciones de tierras raras y otros minerales estratégicos.La tregua expira en noviembre y, oficialmente, aún no está claro si se extenderá. Pero tanto Washington como Pekín dieron señales de querer evitar una nueva explosión comercial.La Casa Blanca, de hecho, informó que ambos líderes acordaron crear una especie de “Junta de Comercio” para manejar las disputas económicas sin necesidad de reabrir constantemente las negociaciones arancelarias.Eso, aunque técnico y aún embrionario, podría ser importante para la economía global.Sobre todo, en momentos en que la guerra en Irán, los altos precios energéticos y la incertidumbre financiera ya están golpeando el crecimiento mundial.Donald Trump (d.) y el líder chino Xi Jinping al salir tras una visita al jardín Zhongnanhai. Foto:AFPIrán y Taiwán, dos temas álgidos entre Trump y XiPrecisamente Irán fue otro de los temas centrales de la reunión.Trump aseguró que Xi estaba “en la misma página” sobre la necesidad de mantener abierto el estrecho de Ormuz y de evitar mayores interrupciones en el flujo petrolero mundial.Incluso dijo que el líder chino había ofrecido ayuda para resolver el conflicto.Pero, nuevamente, allí tampoco hubo mucha sustancia.China emitió comunicados generales pidiendo un cese al fuego duradero y la reapertura de las rutas marítimas. Pero nada más.Para Pekín, de hecho, la guerra con Irán ha terminado por convertirse en una fuente inesperada de ventaja estratégica frente a Washington.China es el principal comprador de petróleo iraní y ejerce influencia económica sobre Teherán. Pero también ha visto cómo EE. UU. ha tenido que desviar recursos militares hacia Medio Oriente, lo que ha desgastado capacidades que normalmente estarían concentradas en Asia. LEA TAMBIÉN Varios analistas chinos incluso consideran que el conflicto ha servido como una especie de simulación indirecta de la capacidad real de Washington para sostener simultáneamente una guerra de gran escala contra otra potencia.“El conflicto con Irán indica que EE. UU. simplemente no puede sostener una gran guerra con China por Taiwán”, dijo Wu Xinbo, uno de los principales expertos chinos en relaciones con EE. UU. y académico de la Universidad de Fudan.Ese cálculo explica en buena medida por qué Taiwán terminó convirtiéndose en el tema más delicado y más importante de toda la cumbre.El momento más duro del encuentro ocurrió precisamente cuando Xi lanzó una advertencia pública inusualmente directa sobre la isla.Reunión de las delegaciones de China y Estados Unidos. Foto: AFP“La cuestión de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones entre China y EE. UU. Si se maneja mal, ambos países podrían chocar o incluso entrar en conflicto”, dijo Xi.La frase fue interpretada en Washington como una señal mucho más severa que las habituales advertencias diplomáticas chinas.Y no surgió en el vacío.El conflicto con Irán indica que EE. UU. simplemente no puede sostener una gran guerra con China por TaiwánWu XinboAcadémico de la Universidad de FudanChina lleva meses presionando a la administración Trump para que reduzca o retrase las ventas de armas a Taiwán y limite su respaldo político a la isla. El gobierno estadounidense aprobó recientemente un paquete militar por US$ 11.000 millones para Taipei, aunque aún no lo ha implementado por completo.Trump, además, insinuó esta semana que estaba dispuesto a discutir el tema de las ventas militares con Pekín, algo extremadamente sensible, porque históricamente EE. UU. ha evitado consultar ese tipo de decisiones con China. LEA TAMBIÉN Rubio, el secretario de Estado, intentó bajar la tensión diciendo, después de la reunión, que la política estadounidense hacia Taiwán “no había cambiado”.Pero el tono del encuentro dejó la sensación de que Pekín percibe una oportunidad.Xi, de hecho, parece convencido de que el balance estratégico está moviéndose gradualmente a favor de China.Ahí entra otro concepto que el líder chino volvió a poner sobre la mesa: la llamada “trampa de Tucídides”.La teoría, popularizada por el académico de Harvard Graham Allison, sostiene que cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, el resultado suele ser una guerra. Xi lleva años usando esa referencia histórica. Pero esta vez sonó distinta.Porque detrás de su llamado a evitar el conflicto también parecía haber un mensaje implícito. China ya se ve a sí misma como la potencia ascendente y a EE.UU. como una potencia que entra lentamente en declive.Trump pareció confirmar parcialmente esa lectura involuntariamente.Reunión de Trump con Xi Jinping. Foto:EFEEn un mensaje publicado en redes sociales mientras aún estaba en Pekín, el presidente dijo que, cuando Xi habló de una “nación en declive”, se refería al daño causado por la administración anterior de Joe Biden y agregó que en eso “tenía 100 por ciento de razón”.La frase sorprendió en Washington. Pero también reflejó el trasfondo político de la visita.Trump llegó a China en una posición más vulnerable que la del año pasado. La guerra en Irán ha erosionado parte de su popularidad y ha obligado a EE.UU. a destinar enormes recursos militares.Además, buena parte de su estrategia económica quedó golpeada luego de que la Corte Suprema declarara ilegal el uso de ciertos poderes de emergencia para imponer aranceles masivos.Eso debilitó una de las principales herramientas de presión que Trump había utilizado contra Pekín.Rush Doshi, investigador del Council on Foreign Relations, sostiene que, desde la crisis arancelaria de 2025, China terminó convencida de que ahora tiene la capacidad para forzar concesiones de Washington y moldear el comportamiento estadounidense. LEA TAMBIÉN “Si algo sale de todo esto es que China acaba de demostrar su paridad con EE. UU.”, dice este analista.La percepción es compartida por otros expertos en Washington. Julian Gewirtz, que trabajó en el Consejo de Seguridad Nacional de Biden, afirma que Xi logró algo que los líderes chinos venían buscando desde hace décadas: “Traer a un presidente estadounidense a Pekín como un igual”.Xi, en cambio, llegó proyectando paciencia, estabilidad y confianza.No porque China haya resuelto todos sus problemas. El país sigue enfrentando desaceleración económica, crisis inmobiliaria y desafíos demográficos enormes. Pero sí, porque Pekín percibe que el contexto internacional le brinda más margen para consolidarse como rival sistémico de EE. UU.Encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping. Foto:AFPAl final, la cumbre dejó una sensación extraña. Nada explotó. No hubo ruptura. Tampoco grandes acuerdos. Pero durante estos dos días en Pekín sí pareció producirse algo más sutil: un pequeño realineamiento en el tablero geopolítico global en el que China luce cada vez más cómoda actuando a la par de EE. UU. y en el que Washington, por primera vez en mucho tiempo, parece más consciente de que el margen para contener ese ascenso podría ser más limitado de lo que imaginaba. Al menos sobre las circunstancias actuales.SERGIO GÓMEZ MASERI - Corresponsal de EL TIEMPO – Washington@sergom68 Sigue toda la información de Internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.











