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Imagen es percepción¿Socios o rivales? Una reunión que seguramente reconfigurará la geopolítica global.

Trump salió de Pekín este viernes con lo que fue a buscar, la foto, el tono y algo parecido a un acuerdo. Eso no es poco. Alfombra roja, guardia de honor, banda militar y 300 niños ondeando banderas. Pekín recibió a Trump con una escenografía digna de emperadores. El mensaje era claro. En la diplomacia de grandes potencias, la apariencia de control vale casi tanto como el control mismo, y el presidente estadounidense lo entendió mejor que nadie cuando subió al Air Force One en 2026 con la misma energía con la que lo bajó en 2017.

La visita de Estado —del 12 al 15 de mayo, la primera de un presidente norteamericano a China en casi nueve años—, ocurrió en un momento incómodo para Washington. La guerra con Irán no terminó. El estrecho de Ormuz sigue bloqueado. Los precios del combustible castigan a los consumidores estadounidenses y a docenas de economías emergentes. Y, sin embargo, Trump llegó a Pekín sin el peso de quien pide favores. Llegó como quien viene a cerrar un trato.