La política y los medios de comunicación necesitan imperiosamente una cosa: generar imágenes. La primera tiene la necesidad de generar una burbuja tan sugestiva que a los segundos no les quede más remedio que reproducir su versión de los hechos. El encuentro entre los dos líderes del mundo, Donald Trump y Xi Jinping, ha sido más una coreografía y teletienda que la cumbre que debía reordenar el planeta. Para la historia, que es de lo que se trata en estas cosas, quedará la mención del chino a "la trampa de Tucídides". Un destino casi ya escrito por el que la potencia vieja y la potencia emergente están condenadas a tener un conflicto bélico para evitar el sorpasso. Es complicado decidir quién es quién en este conflicto hoy. Atenas era una democracia, con un enorme poder comercial y naval, mientras que Esparta era una oligarquía militar. China quiere ser la potencia marítima comercial ateniense, con su proyecto de la Ruta de la Seda, pero desde un sistema autocrático. Estados Unidos es una democracia que no para de invertir en tener temidas legiones como los hoplitas espartanos, mientras su poder comercial se resiente. Aquella guerra la ganó Esparta, pero supuso el declive de ambas ciudades. Dentro de algunos años esa mención de Xi será posiblemente lo que se recuerde de una cumbre vacía de acuerdos globales. Trump fue con sus '300' no a pelear con Xi, sino a abrirle un bazar para compensar la aún desnivelada balanza comercial entre ambos países. Estados Unidos mantiene un déficit comercial con China en el primer trimestre de 2026 de 33.494 millones, según la Oficina del Censo de EEUU. Para Trump, el futuro lo dicta la caja registradora, no la democracia, la estabilidad regional o la imposición de un sistema de libertades como defendían sus predecesores. El resultado era previsible cuando el norteamericano llevaba en su séquito una tropa de empresarios para hacer caja, en vez de expertos diplomáticos y militares capaces de trocear mapas. Pekín, por su parte, pretendía lo que pretende siempre: rebajar tensiones para mantener su hoja de ruta. Xi cocina a fuego lento, mientras a Trump le gustan las barbacoas. En política internacional, eso que interesaba a los espectadores del resto del globo que no tengan acciones en bolsa, el resultado de la cumbre es cero. No ha habido ningún acuerdo importante más allá de la nueva advertencia de Pekín a Washington sobre no traspasar límites con un asunto que ellos consideran clave como Taiwán. Trump calló, porque el neoyorquino fue a vender Boeing y soja y comprar tierras raras, quizá con la esperanza de que la "bomba Taiwán" le toque a su sucesor. "La cuestión de Taiwán sigue siendo el tema más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos. Manejarlo adecuadamente es esencial para mantener la estabilidad general de los vínculos bilaterales. De lo contrario, los dos países tendrán roces e incluso conflictos, poniendo en grave peligro toda la relación", recuerda en su editorial el Diario del Pueblo, el periódico portavoz del Partico Comunista chino, tras la visita. Trump, ya en el Air Force One de vuelta a Washington, fue preguntado sobre ese delicado tema. ¿Defenderá EEUU a Taiwán de un ataque chino? "No hablo de eso. Esa pregunta me la hizo el presidente Xi y le dije que de eso no hablaba". El neoyorquino, esta vez muy contenido, estaba encantado con el trato que le habían dado en Pekín. "He resuelto muchos problemas que otros no supieron resolver", explicaba el "vendedor" Trump que sale, ha asegurado él, con muchos acuerdos comerciales bajo el brazo. Lo que no es del todo cierto. Trump ha anunciado que China ha comprado 200 aviones Boeing, y China aclara en su comunicado que sólo "se trata de un memorándum de entendimiento". Tampoco se han acabado los nuevos aranceles, de nuevo pospuestos y sujetos siempre a los vaivenes de Trump en el futuro. Ni tampoco hubo acuerdos sobre los chips, ni sobre las tierras raras en las que no se han pactado cuotas, ni sobre la propiedad intelectual, el principal punto de fricción de todos los que quieren abrir rutas comerciales con China. Dos dinámicas opuestas Hay buenas intenciones y palabras, unas fotos muy amigables, desfiles, banderitas… y dos formas no de entender sino de narrar lo ocurrido: "Los comunicados de Pekín y Washington cuentan dos historias diferentes sobre la reunión", resume el periódico South China Morning Post. Muchos pensaban que la cumbre podría resolver el espinoso tema iraní. Y no hubo nada reseñable que no fuera lo mismo que ambos países debaten en la ONU desde hace dos meses. Fantasear con que la reunión iba a desbloquear un asunto que se discute a diario en Nueva York entre ambas naciones y donde hay posturas muy alejadas formaba parte de esa mística que tienen estos encuentros. Lo mencionado, que se debe garantizar el libre tránsito por el estrecho de Ormuz y que Irán no debe tener armas nucleares, ya se decía sin necesidad de este viaje ni de iniciar los bombardeos. De Ucrania ya ni se habla apenas. Rusia tira abajo un edificio en Kiev y ya ni es noticia ni es un conflicto que importe especialmente a Washington y Pekín. Eso son escombros que debe barrer Europa. China mantiene intactos sus planes comerciales de la Ruta de la Seda y de ser la cabeza de un nuevo orden mundial más plural. EEUU lucha por ser la gran potencia, aún lo es, pero desde otra perspectiva. Ya no alecciona a China, ni va allí a hablar de derechos y libertades, sino a comercializar de igual a igual. Ese es quizá el gran cambio de esta nueva Guerra Fría. Con la URSS se habló de misiles, con China se habla de supermercados. Esta cumbre ha servido para reconocer oficialmente que americanos y asiáticos son las dos superpotencias económicas y se sientan en la mesa a hablar de tú a tú. Pero la sensación es que hay dos dinámicas opuestas. El que asciende y el que desciende, aunque todo eso pueda aún revertirse. América no es un cadáver y a China le quedan importantes retos aún de estabilidad y sostenibilidad en su futuro. Trump dijo que Xi se había referido a EEUU como una nación decadente, y aprovechó para lo suyo, que es hacer propaganda hasta con las críticas. "Cuando el presidente Xi se refirió de forma muy elegante a Estados Unidos como quizás una nación en decadencia, se refería al tremendo daño que sufrimos durante los cuatro años de Sleepy Joe Biden y su Administración, y en ese sentido, tiene un 100% de razón", comentó el neoyorquino en su esta vez pacíficas redes sociales. En realidad, el estadounidense interpretó la referencia a Tucídides de Xi. Pero es posible que tampoco él sepa si el chino le dio el título de Esparta o de Atenas. A Trump, que le gusta ganar, parece que le va más lo de los 300 que lo de Pericles y sus filósofos atenienses. A Xi lo que le importa es dominar Grecia y comerciar con Persia. Ambos buscan lo mismo, pero desde urgencias distintas. La gran diferencia en esta reunión es el tiempo. Xi tiene todo el que le permita su salud, y China hace planes a 25 años. Trump tiene una idea de país en su cabeza válida para sólo tres. Xi ha visto pasar por delante a Obama, Biden y Trump, con tres proyectos de relaciones diversos en sus cabezas. Hasta el beligerante Trump del primer mandato con China se ha convertido ahora en un hombre que va a hacer negocios con su amigo oriental. China ha dejado de ser, por ahora y hasta nuevo aviso, una fallida dictadura para Washington, y se ha convertido en un imprescindible mercado. Estados Unidos sigue siendo lo mismo para China, nada ha cambiado.