La vida, ay, ya no es la bicoca que la clase media ha venido disfrutando durante los últimos ochenta años de relativa paz, prosperidad y libertades. El ascensor social ya no funciona y una permanente y creciente sensación de incertidumbre se ha apoderado del mundo. Hay miedo. Hay guerras. Hay desaliento. Hay odio. Arrecia una desigualdad ya galopante. Estamos volviendo a tiempos oscuros con un ridículo kit de supervivencia como único compañero de viaje. Es decir, impera el sálvese quien pueda. Para saber por qué, sólo hay que seguir el dinero.En 1066, pronto hará mil años, Guillermo de Normandía invadió Inglaterra y la conquistó en un santiamén con un ejército de tan solo 12.000 hombres, una Blizkrieg en toda regla que Hitler intentó repetir. Y es que Inglaterra -y por extensión Gran Bretaña- lleva la friolera de casi un milenio sin que nadie la invade con éxito, y de ahí sus excentricidades, tradiciones, extrañas costumbres y soberbia.Ahora bien, antes de culminar su campaña invasora, Guillermo se detuvo en la orilla sur del Támesis frente a Londres, donde ya existía la City, que era y sigue siendo la verdadera alma de esa isla destinada a conquistar medio mundo, aunque ahora en horas bajas.E hizo bien: al poco fue recibido con los brazos abiertos por los sagaces y cosmopolitas londinenses de la City -entre ellos bastantes normandos- y coronado rey. Ahora bien, puesto que Winchester era la capital, quedó claro que no había sido él quien eligió Londres, sino todo lo contrario. Y así hasta el día de hoy. Pero, por si acaso, mandó construir la ominosa Torre de Londres a modo de advertencia.Hubo desde el primer momento una división de poder, si bien al principio tenue. Por un lado, estaba Westminster (corona, gobierno), y por otro, la City (comercio, dinero). Este matrimonio de convivencia, con todos los altibajos, discusiones, enfrentamientos y decapitaciones que se quiera, se mantuvo hasta la década prodigiosa de 1980, la del dúo Reagan-Thatcher.Hasta entonces, la Bolsa de Londres venía operando como un exclusivo club de caballeros reacio a permitir la entrada a incómodos extraños. En 1983, los inversores foráneos apenas representaban el 10% del volumen de transacciones en el parqué. Mas a la Banca y la Bolsa del establishment les esperaba una tan inesperada como dolorosa sacudida: la repentina irrupción en escena de jóvenes tiburones de las finanzas de Wall Street, con sus frenéticos movimientos en los mercados internacionales de bonos y divisas. Así que los banqueros británicos conservadores de toda la vida, cogidos a contrapié, no tuvieron más remedio que aparcar el bombín y el paraguas enrollado, malvender como podían sus activos y lucir una hortera camisa hawaiana en cualquier de los paraísos fiscales surgidos del desguace del Imperio británico.Es más: esos años fueron los que vieron el rapidísimo despliegue de ordenadores y teléfonos móviles, que aceleraron aún más si cabe el ya impresionante empuje de la globalización que nos ha llevado hasta aquí. Y al entrar en la década de 1990, un tercio de las inversiones del antaño poderoso sector manufacturero británico venía de fuera y muchas de sus grandes empresas pasaron a manos foráneas. Como dijo en una ocasión el ministro conservador todoterreno Norman Tebbit: “Es mejor para los británicos comprar coches japoneses hechos por trabajadores británicos que comprar coches alemanes ensamblados por turcos”.Desde entonces los ordenadores, cada vez más veloces y sofisticados, han ido reemplazando a los humanos en prácticamente todo lo que se atañe a las finanzas, hasta el punto de que ya nadie tiene ni zorra de cómo funcionan, empezando por sus propios creadores. Y de ahí los colosales cracs -y fortunas- de los últimos años.Con todo, cabe la esperanza de que la IA sea nuestra salvación, aunque parece poco probable que obre el milagro mientras Trump tenga el mundo entero a su merced. Por otro lado, ¿existe una sola persona que entienda de qué va, quien la controla o sepa adonde se dirige esa llamada inteligencia artificial? La ignorancia cotiza al alza en los parqués y en las cancellerías de nuestra decrépita civilización. Si nos queremos salvar, no hay más que seguir el rastro del dinero, aunque nos lleve a Marte.
Estamos entrando en una fase que ya nadie es capaz de entender
Cabe la esperanza de que la IA sea nuestra salvación, aunque parece poco probable










