Uno de los muchos motivos de desesperación en la era actual de los genocidios retransmitidos en directo y de la redistribución acelerada de la riqueza en favor de la clase multimillonaria es que el fin del orden mundial llega pisándole los talones a una sensación de fin del mundo por la catástrofe del cambio climático.
En 2025, el desmoronamiento de la arquitectura política internacional de posguerra —visible en el deterioro de las instituciones multilaterales, el retroceso de las normas de cooperación y el ascenso de las soberanías populistas— ha coincidido con otro desastre más tangible: el debilitamiento de la base ecológica de la vida. No son dos tendencias paralelas, sino que se refuerzan mutuamente. La descomposición de las estructuras políticas ha desencadenado una carrera armamentística para controlar la seguridad, el poder y la tecnología que agrava la crisis climática y acelera la desaparición del mundo en su sentido más literal.
Pero debemos recordar que el concepto de mundo no es inocuo. Está marcado por su origen teológico y su designación como espacio mundano, separado de lo sagrado y, por lo tanto, entregado al dominio y la explotación. En el ámbito político también ha estado asociado a periodos de expansión imperial. No obstante, es demasiado pronto (o demasiado tarde) para abandonar la idea del mundo como proyecto abierto, un espacio-tiempo de juicios compartidos y negociados por encima de las diferencias. Cada vez más, la respuesta ideológica implícita a la afirmación revolucionaria de que “otro mundo es posible” es que “el mundo, tal y como es, es imposible”. La descomposición actual es devastadora: impide la propia posibilidad de un futuro. Si deja de haber un mundo —como concepto significativo y como realidad—, no habrá otra guerra mundial, sino una guerra global.






