Los titulares son desalentadores. El cambio climático se acelera, la biodiversidad se desploma y la degradación de la tierra avanza sin cesar. A menudo abordamos estas crisis como tres desafíos complejos y distintos, cada uno con sus propias soluciones. Pero ¿y si la herramienta más poderosa —y a menudo pasada por alto— para abordar simultáneamente las tres crisis estuviera justo frente a nosotros? Y, más concretamente, en nuestros platos.

Nuestro sistema alimentario global es una empresa colosal. Tiene el potencial de alimentar a más de 8.000 millones de personas, sustenta los medios de vida de más de 2.000 millones de personas, y moldea paisajes, costumbres y culturas en todo el mundo. Sin embargo, también contribuye con una quinta parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y es un factor clave en la pérdida de biodiversidad y la degradación de tierras, siendo responsable del 80% de la deforestación de nuestro planeta.

A pesar de su enorme impacto, los sistemas alimentarios han quedado en gran medida al margen de los principales marcos y acuerdos ambientales internacionales, como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la Convención sobre la Diversidad Biológica y la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación. Esta exclusión refleja una carencia crítica en nuestra estrategia colectiva para garantizar un planeta saludable y proteger nuestro futuro, así como el de todas las formas de vida que lo comparten.