En todo el mundo, mil millones de jóvenes menores de 25 años dependen de forma directa de la tierra y los recursos naturales para subsistir. La tierra nos alimenta y nos provee de materias primas para vestirnos y cobijarnos. Sin embargo, hasta el 40% de las tierras del mundo están degradadas, lo que pone en peligro nuestra capacidad para sostener a una población mundial creciente, mientras el planeta sigue calentándose.
Los efectos combinados de la degradación de tierras y la sequía cuestan a la economía mundial 878.000 millones de dólares (763.982 millones de euros) cada año, tres veces la cifra de ayuda oficial al desarrollo en 2023. La deforestación, las prácticas agrícolas insostenibles y la expansión urbana están destruyendo las tierras a una escala sin precedentes.A su vez, ello está minando la seguridad alimentaria, amenazando la salud global y alimentando migraciones y conflictos, desde el Mediterráneo hasta el Sahel pasando por Asia Central y Centroamérica.
Cumplir los compromisos de restaurar 1.000 millones de hectáreas de tierra para 2030 es un imperativo de seguridad humana que no podemos seguir ignorando. También es una oportunidad única para impulsar una economía de la restauración valorada en billones de euros; reducir los riesgos de sequía, inundaciones y tormentas de arena y polvo; y dar a las futuras generaciones un oportunidad de prosperar.







