El año 2025 debería ser un momento de celebración, dedicado a los ochenta años de existencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Pero corre el riesgo de pasar a la historia como el año en que colapsó el orden internacional construido a partir de 1945.
Las grietas ya eran visibles. Desde las invasiones de Irak y Afganistán, la intervención en Libia y la guerra en Ucrania, algunos miembros permanentes del Consejo de Seguridad han banalizado el uso ilegal de la fuerza. La omisión ante el genocidio en Gaza representa una negación de los valores más fundamentales de la humanidad. La incapacidad para superar las diferencias fomenta una nueva escalada de violencia en Oriente Próximo, cuyo capítulo más reciente incluye el ataque a Irán.
La ley del más fuerte también amenaza el sistema multilateral de comercio. Los aranceles masivos desorganizan las cadenas de valor y lanzan la economía mundial a una espiral de precios altos y estancamiento. La Organización Mundial del Comercio ha sido vaciada, y nadie recuerda ya la Ronda de Desarrollo de Doha.
El colapso financiero de 2008 puso en evidencia el fracaso de la globalización neoliberal, pero el mundo siguió atado a la receta de la austeridad. La decisión de rescatar a los ultrarricos y a las grandes corporaciones a costa de los ciudadanos comunes y de los pequeños negocios profundizó las desigualdades. En los últimos diez años, los 33,9 billones de dólares acumulados por el 1% más rico del planeta equivalen a 22 veces los recursos necesarios para erradicar la pobreza en el mundo.






